DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO

Evangelio según san Juan 6,41-51

En medio de un discurso sobre el pan de vida un poco farragoso, leemos estas palabras de Jesús: «Todo el que escuche lo que dice el Padre y aprenda, viene a mí».

Pero, ¿dónde escuchar a Dios? ¿cómo aprendemos lo que él nos quiere enseñar?

Si todos pueden escuchar al Padre Dios y atender a su enseñanza, quiere decir que no habrá que estudiar mucho, ni entrar en profundos razonamientos teológicos. Tiene que ser algo sencillo, al alcance de todos.

Recorriendo la biblia, encontrarnos una pista que nos puede servir de ayuda: cuando los israelitas, después de salir de Egipto y atravesar el desierto, van a entrar en la tierra prometida, reciben un mandato de Moisés: «Recuerda todo el camino que Yahvéh, tu Dios, te ha hecho andar durante cuarenta años por el desierto» (Dt 8,2); el desierto ha sido una escuela de vida para aprender a ser pueblo de Dios, por eso no pueden olvidar la experiencia vivida durante cuarenta años dejándose llevar por Dios.

Cuando los profetas quieren transmitir al pueblo el mensaje de Dios, lo primero que hacen es recordar su historia, sacando de ella las enseñanzas para juzgar el presente y prevenir las posibles consecuencias para el futuro. Cuando los sabios (Qohelet, Ben Sirac) quieren enseñar a los jóvenes cómo deben vivir para crecer como personas y como creyentes, les hablan no desde enseñanzas teóricas o abstractas, sino tomando como punto de partida la propia vida.

Cuando Jesús envía a los discípulos a predicar el Evangelio, no les da un libro en el cual apoyar sus reflexiones, sino que su misión es dar testimonio de lo que han visto y oído, de lo que han experimentado en su vida.

Por tanto, a Dios le escuchamos en nuestra propia vida. Es en los acontecimientos buenos y malos que hemos vivido, las experiencias que hemos tenido, donde Dios nos habla y nos transmite su enseñanza.

Para escucharle hemos de aprender a leer nuestra vida con los ojos de Dios. No podemos quedarnos en un  simple juicio de me gusta o no me gusta, me ha salido bien o me ha salido mal, de lo que nos sucede; hemos de ir un poco más allá e intentar ver nuestra vida desde la óptica divina, es decir, desde la clave de la vida eterna con Dios a la que estamos llamados y desde el amor a Dios y al prójimo en el que hemos sido creados.

Cuando analizamos los sucesos de nuestra vida durante la oración, intentando no verlos desde el éxito o el fracaso, sino desde el punto de vista de Dios, donde lo importante es la vida, el amor, la persona, el estar con Dios, con frecuencia nuestro análisis cambia de sentido, e incluso lo que teníamos como desgracia adquiere otro tinte y nos sirve también de enseñanza.

Y al cambiar nuestra visión de la vida, nos acercamos más a Cristo, quien nos enseña lo que es realmente importante y lo que no tiene tanto valor como nosotros solemos darle.

Juan Conejero Tomás

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