Evangelio del Domingo XXIII del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

El Evangelio nos dice que Jesús puso sus dedos en los oídos del sordomudo, tocó la lengua del hombre enfermo con saliva y dijo «Ephphatha» – «Ábrete». El Evangelista ha preservado para nosotros la palabra aramea original que Jesús pronunció, y nos lleva de nuevo a ese mismo momento. Lo que sucedió entonces fue único, pero no pertenece a un pasado distante: Jesús continúa haciendo lo mismo de nuevo, incluso hoy. En nuestro bautismo nos tocó a cada uno y dijo «Ephphatha» – «Ábrete» -, permitiéndonos así oír la voz de Dios y poder hablar con él. No hay nada mágico en lo que ocurre en el sacramento del Bautismo. El Bautismo nos abre un camino. Nos hace parte de la comunidad de los que pueden oír y hablar; nos lleva a la intimidad con Jesús mismo, que ha visto a Dios a solas y puede hablar de él (cf. Jn 1:18): con la fe, Jesús desea compartir con nosotros su visión de Dios, su escucha del Padre y su diálogo con él. El camino en el que nos ubicamos con el Bautismo implica un proceso de desarrollo progresivo, por el cual crecemos en la vida de comunión con Dios, y adquirimos una diversa manera de mirar al hombre y la creación.

El Evangelio nos invita a tomar conciencia de que tenemos un «déficit» en nuestra capacidad de percepción -inicialmente, no nos damos cuenta de esta deficiencia como tal, desde que todo lo demás parece ser tan urgente y lógico; desde que todo parece proceder con normalidad; aun cuando, no tenemos más ojos ni oídos para Dios y vivimos sin él. Pero, ¿es verdad que todo acontece como si fuese normal cuando Dios no es más parte de nuestras vidas y nuestro mundo? Antes de hacer preguntas más elevadas, me gustaría compartir algo de mi experiencia encontrándome con Obispos de todas partes del mundo. La Iglesia Católica en Alemania es importantísima por sus actividades de ayuda social, por su disposición a ayudar ahí donde la ayuda es necesaria. Durante las visitas ad limina que realizan los obispos, más recientemente de aquellos venidos de África, han mencionado siempre con gratitud la generosidad de los católicos alemanes y me han pedido que haga expresa dicha gratitud. Justamente, hace muy poco, los obispos de los países bálticos me hablaron acerca de cómo los católicos alemanes los asisten enormemente en la reconstrucción de sus iglesias, las que quedaron muy dañadas y necesitadas de una reparación urgente después de los años de gobierno comunista. Sea como fuese, sin embargo, algunos obispos africanos suelen decir: «si vengo a Alemania y presento proyectos sociales, de pronto todas las puertas se abren. Pero si vengo con un plan para la evangelización, encuentro siempre reservas».

Evidentemente, alguna gente tiene la idea de que los proyectos sociales deberían ser rápidamente asumidos, mientras que cualquier cosa que trate de Dios o de la fe católica es limitada y disminuida en su importancia. La experiencia de aquellos obispos es que todavía la evangelización por sí misma debería ser lo más importante, que el Dios de Jesucristo debe ser conocido, creído y amado; y los corazones deben ser convertidos si el progreso ha de llevarse a cabo en temas sociales y ha de empezar la reconciliación, y si -por ejemplo- el SIDA ha de ser combatido con auténtico realismo, enfrentando sus causas más profundas, y los enfermos tratados con todos los cuidados amorosos que necesitan. Los temas sociales y el Evangelio son inseparables. Cuando le damos a la gente solo conocimiento, habilidad, asistencia técnica y herramientas, le damos muy poco. Rápidamente, todos los mecanismos de la violencia toman el control: la capacidad de destruir y matar se convierte en el camino dominante para tomar el poder -un poder que en algún punto podría hacerse legal, pero que nunca será capaz de legitimarse. Así, la reconciliación y un compromiso compartido con la justicia y el amor, se pierden gradualmente en el horizonte. Los criterios con los que la tecnología es puesta al servicio de la ley y el amor no son más criterios claros: es precisamente sobre estos criterios de los que depende todo: criterios que no son solo teorías, sino aquellos que iluminan el corazón y de esa manera ponen a la razón y la acción en el sendero correcto.

Benedicto XVI

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