DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO B

“Bien sabe Su Majestad que sólo puedo presumir de su misericordia, y ya que no puedo dejar de ser la que he sido, no tengo otro remedio, sino llegarme a ella y confiar en los méritos de su Hijo y de la Virgen” (3 Moradas 1,3).

Después de una gran tribulación, el sol se hará tinieblas.

Nos acongoja el sufrimiento, las catástrofes, el dolor de inocentes. También, desde ahí, nos acercamos a la palabra de Jesús. La voz del Amado no pretende meter miedo, sino provocar en nosotros actitudes de conversión. “No hemos recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos que nos hace gritar: Abbá”. El mundo está en las manos del Padre. Cada uno de nosotros, también. Cuando terminan cosas, en las que habíamos puesto la esperanza, comienza el tiempo nuevo de Jesús. Dios tiene caminos sorprendentes. Gracias a su fidelidad, podemos seguir cantando en medio de tribulación, aunque el rostro del Amado esté escondido. «Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido” (Juan de la Cruz, CB 1).   

Entonces verán venir al Hijo del Hombre sobre las nubes con gran poder y majestad.

El futuro, que es Jesús, está viniendo a nosotros en la noche. Viene a nosotros el amor, la misericordia. El Señor es fiel, se acerca. Su luz da sentido a nuestro presente, su feliz resurrección nos llena de alegría. Es hora de aprovechar el tiempo y optar por Él, sin conformarnos con el engaño de lo provisional. Es hora de mantener en el corazón su presencia. La meta orienta nuestros pasos y nuestro hacer consiste en ser ante Él. Porque Jesús viene todo acabará bien, el amor triunfará sobre el odio, la paz sobre la guerra. “Mil gracias derramando, pasó por estos sotos con presura” (CB 5).

Aprended lo que os enseña la higuera.

Es hora de mirar para descubrir señales. El rastro de Dios está ante nuestros ojos. Porque Jesús viene, hay primavera, la vida no ha perdido su sentido, todo es parábola de amor y de esperanza, hay milagros. Un canto a la vida sube del corazón habitado por Jesús. Pasamos por la noche, pero no sucumbimos a la oscuridad. Creemos en Dios y creemos en el ser humano. La vida está en gestación. En los signos de los tiempos se asoma una oferta de nueva creación; hay esperanza. El amor, que no ha sido vencido, se despierta para amar y dar fruto. Es hora de dialogar con la realidad que tenemos delante. “¡Oh prado de verduras, de flores esmaltado! Decid si por vosotros ha pasado” (CB 4).  

Cuando veáis vosotros suceder esto, sabed que él está cerca.

Lo mejor está cerca, lo mejor es gracia. En nosotros está el Espíritu. Podemos tratar amistosamente con Jesús cada día porque está dentro de nosotros. En Él encontramos la fuerza para seguir eligiendo vivir las bienaventuranzas. “Todo pasa, Dios no se muda”. Sus palabras permanecen, su amor es fiel. Su palabra nos enamora y nos empuja a vivir y contar la historia de otra manera. Al final pasará la mentira y resplandecerá la verdad; la nueva humanidad, engalanada como una novia para su Esposo, será habitable gracias al amor. Ese final podemos adelantarlo ya ahora. «Y véante mis ojos, pues eres lumbre dellos, y solo para ti quiero tenellos” (CB, 10).

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