Domingo III de Cuaresma (Ciclo C)

 

San Agustín, obispo

Sermón 110, 1 (Traducido de un antiguo documento en francés)

La higuera se refiere a la raza humana, y los tres años a las tres eras de la humanidad: antes de la ley, bajo la ley y bajo la gracia. No es extraño ver a la raza humana en la higuera. El primer hombre después de su pecado, ¿no cubrió su miembros con hojas de higuera? (Gen 3,7) Esos miembros honorables antes del pecado, se convirtieron para él en miembros vergonzosos. Antes del pecado nuestros primeros padres estaban desnudos y no se sonrojaban por ello. ¿Cómo iban a sonrojarse, si estaban sin pecado? ¿Acaso podían ellos tener vergüenza de las obras de su Creador? Ciertamente no, porque aún no habían corrompido la pureza con sus malas acciones, no habían todavía tocado el árbol del conocimiento del bien y del mal, que Dios les había prohibido tocar. Fue sólo después de haber pecado, comiendo de aquel “fruto”, que el hombre experimentó la esterilidad…

De este modo, la higuera estéril designa perfectamente a todos los hombres que rechazan constantemente dar frutos y por este motivo son amenazados, poniendo el hacha en las raíces de este árbol ingrato. Pero el jardinero intercede, posponiendo la ejecución del hacha y tratando de aplicar un remedio eficaz al árbol enfermo. Este jardinero nos recuerda a todos los santos que oran en la Iglesia por todos aquellos que están fuera de la Iglesia. Y, ¿qué piden ellos? «Señor, déjala por este año todavía», es decir, concede un tiempo de gracia, salva a los pecadores, salva a los incrédulos, salva a las almas estériles, salva a los corazones que no producen fruto… «Cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas.»

El Señor volverá a recoger frutos. ¿Cuándo? En el momento del Juicio, cuando vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos. La higuera es salvada, como un tiempo de gracia, para que de fruto. ¿Qué hemos de hacer mientras el Señor vuelve? La respuesta la podemos encontrar en la fosa cavada alrededor del árbol, que significa una exhortación a la humildad y a la penitencia. La fosa en efecto es cavada bajo tierra y allí se debe echar una buena parte de estiércol. El estiércol es sucio, pero hace fructificar. El estiércol hace referencia al dolor por nuestros pecados. Si somos llamados a hacer penitencia, hagámoslo con inteligencia y sinceridad, teniendo presente nuestra ignominia. A este árbol misterioso le es dicho: «Conviértete, porque el Reino de los Cielos ha llegado» (Mt 3,2).

Domingo II de Cuaresma (Ciclo C)

 

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Salmo 26 (I)

1El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar?

2Cuando me asaltan los malvados
para devorar mi carne,
ellos, enemigos y adversarios,
tropiezan y caen.

3Si un ejército acampa contra mí,
mi corazón no tiembla;
si me declaran la guerra,
me siento tranquilo.

4Una cosa pido al Señor,
eso buscaré:
habitar en la casa del Señor
por los días de mi vida;
gozar de la dulzura del Señor,
contemplando su templo.

5Él me protegerá en su tienda
el día del peligro;
me esconderá en lo escondido de su morada,
me alzará sobre la roca;

6y así levantaré la cabeza
sobre el enemigo que me cerca;
en su tienda sacrificaré
sacrificios de aclamación:
cantaré y tocaré para el Señor.

 

DOMINGO I DE CUARESMA (CICLO C)

Lectura orante del Evangelio: Lucas 4,1-13

“Hago silencio para adorar a este Dios que nos ha amado de manera tan divina” (Beata Isabel de la Trinidad). 

Jesús, lleno del Espíritu Santo.

Los amigos de Jesús caminamos por la vida al aire del Espíritu. Pisamos las huellas de Jesús, entramos en el desierto con Él. El Espíritu nos lleva al silencio, nos hace palpar la verdad, nos empuja más allá de las seguridades a buscar lo esencial de la vida. El Espíritu nos enseña a ser fieles a Dios en esta hora, a no desviarnos de la misión que Jesús nos ha confiado. Gracias, Espíritu Santo.

Era tentado por el diablo.

Como Jesús, experimentamos la tentación del enemigo que quiere torcer nuestro camino. De mil maneras amenaza nuestra comunión con Dios, pone a prueba nuestra fidelidad. Nos deja rotos. Pero cuando todo parece que termina, aparece la Palabra creadora, que vence la nada y crea el ser. Sentimos que Jesús no ha roto con nosotros y sigue a nuestros pies entregándose y curando las heridas, notamos el beso de ternura del Padre en nuestra frente, percibimos el aliento consolador del Espíritu en los samaritanos de misericordia encontrados en los caminos. Padre nuestro, Tú no nos dejas caer en la tentación, nos libras del malo.

‘Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan’.

Jugar con Dios, utilizarle para los propios intereses, eso es la tentación. No aceptar la verdad de lo que somos, pretender grandezas que nos superan, eso es la tentación. Vivir una religión sin compasión ni ternura hacia los que pasan necesidad, eso es la tentación. ¿Y la fe? La fe es la apertura al don de Dios, la confianza en Él, la vida que nace del encuentro con la Verdad que sale de su boca, el pan que se convierte en pan nuestro, pan de todos. Jesús, sé Tú nuestro apoyo y fortaleza.  

‘Si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo’.

Poder del mundo frente al poder de la cruz. Esclavitud y libertad, cara a cara. Gloria conseguida a costa de la dignidad de seres humanos pisoteados o plenitud de Dios que levanta al desvalido. ¿Quién nos habita en los adentros? ¿A quién adora nuestro corazón? Jesús nos señala un camino nuevo de servicio humilde y de acompañamiento fraterno a tantos que necesitan amor y esperanza. Junto a Jesús no hay gloria más grandes que la de dar la vida por los demás. Amando: así queremos adorarte, Señor Dios nuestro.      

‘Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: Encargará a los ángeles que cuiden de ti’.

¿Qué pasa cuando la tentación nos lleva a tentar a Dios? ¿Qué pasa cuando con nuestras prácticas religiosas perseguimos la ostentación y la vanagloria de querer valer en corazón ajeno? Jesús no cae en esta tentación; sigue su camino como siervo; así nos ama y nos salva. En la cruz vence todos los engaños. Nuestro mayor timbre de gloria es ir con Él, vivir como Él, amar y servir como Él. Su gloria es confiar en Dios y hacerse pequeño por amor; nuestra gloria también va por ese camino. Dios no es un objeto, es nuestro todo. La fe es la grandeza en nuestra pequeñez. Gracias, Espíritu, por decir en nosotros: Jesús, Padre, hermanos, Amén.

DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO C)

 

‘Rema mar adentro y echad las redes para pescar’.

Jesús nos invita a tener un encuentro con Él en la interioridad. Nos llama desde el mar a los que buscamos la seguridad en la orilla, para que entremos y gocemos de la belleza del abandono confiado y nos atrevamos a vivir la vida de forma creativa. No tiene en cuenta nuestra pequeñez ni nuestra vulnerabilidad; le agrada la audacia de la fe y de la entrega. Su palabra, desafío a ir más allá de lo que hacemos y vivimos, merece confianza. Entremos en la interioridad y vayamos sin miedo a su encuentro.Jesús, tú, nos invitas a crecer como personas, a volar como las águilas. Gracias por tu amor.  

‘Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes’.

Hemos trabajado y no hemos visto el fruto. Parece esto una legítima excusa para abandonar. ¿Qué sentido tiene ir al encuentro con Jesús desde el fracaso, con las manos vacías? Al ver la desproporción entre la propuesta de Jesús y nuestra nada, preferiríamos quedarnos en la orilla. ¡Tantas veces hemos probado lo que dan de sí nuestras fuerzas! Pero cuando todo parecía terminar, comienza el camino de la fe, que nos invita a salir de nuestros límites. La palabra de Jesús es más fuerte que todas nuestras razones. Su luz rompe nuestra noche, su valentía aleja nuestros miedos. Si Tú lo dices, echaremos las redes.    

Hicieron una redada de peces tan grande, que reventaba la red.

La generosidad de Jesús es desbordante. ¡Quién más amigo de dar que Él! Su palabra nunca defrauda. Solo aguarda nuestra fe en Él para mostrar su derroche de amor. Su plenitud revienta nuestros esquemas. Su grandeza no avasalla nuestra libertad. Nos lleva al asombro. Salimos a buscarte en la noche y Tú vienes al encuentro con tu amor. Gracias, Señor.

Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús, diciendo: ‘Apártate de mí, Señor, que soy un pecador’.

La presencia salvadora de Jesús deja al descubierto nuestro pecado. ¡Somos tan vulnerables! ¿Qué hacer? Es comprensible la actitud de Pedro. Nos dan ganas de huir y de escapar de la presencia de Jesús. No somos dignos. Pero Jesús no ha venido a alejar sino a acercar y llamar a los perdidos. La santidad del Padre, que Él anuncia, es el colmo de la bondad y la ternura, de la misericordia. Gratuitamente, nos abre su corazón y nos abraza. Dios es así. ¿Cómo puede el Bien hacernos mal?Jesús, puestos a tus pies, reconocemos nuestro pecado.  

Jesús dijo a Simón: ‘No temas: desde ahora, serás pescador de hombres’.

Al asombro le sigue la llamada de Jesús a colaborar en su Reino. ‘No temas’. El estar con Él nos ha hecho nuevos, hermanos. Su poder nos da la fuerza para ser misioneros de su libertad, perdonadores de los pecados que destrozan la vida y ahuyentan la alegría. Jesús nos envía, como cirios de luz en la vida cotidiana, a crear una nueva humanidad a base de misericordia. Nosotros, ponemos sus pies en sus pisadas, vamos con Él. Te damos gracias, Jesús; sin ti, nuestra vida no sería lo que es.

¡Qué gran amigo eres!