DOMINGO DE RESURRECCIÓN

J.S.BACH: ORATORIO DE PASCUA

Hoy no es un domingo cualquiera: HOY ES PASCUA. Si cada domingo celebramos la resurrección del Señor, hoy la celebramos con mayor solemnidad junto con su Pasión. Rebosa tanto de sentido, lleva consigo tanto gozo el domingo de Pascua, que NECESITAREMOS CINCUENTA DÍAS para celebrarlo debidamente. Es el tiempo pascual, o la cincuentena pascual, que va desde la fiesta de hoy hasta domingo de Pentecostés, estos cincuenta días que son como un solo y único día festivo, como un gran domingo.

-«Dios lo resucitó al tercer día… Nosotros somos testigos…» Este es el anuncio de Pedro en casa de Cornelio: «Dios lo resucitó al tercer día»: Pedro y los demás discípulos nos dan testimonio. Podemos tenerlo por muy seguro. No pecan en absoluto de ilusos o mentirosos: ¡BASTANTE LES COSTÓ creérselo! Primero, no se fían nada de unas mujeres visionarias. Luego, comprueban con sus propios ojos que efectivamente el sepulcro está vacío. Pero no descartan la sospecha de que alguien se haya llevado el cuerpo del Señor. Y así, entre dudas y miedos, recordando las palabras del Maestro y leyendo de nuevo las Escrituras, avanzan hacia la luz. Hasta que llega LA PRUEBA DEFINITIVA, LA DE LA AMISTAD, LA DEL AMOR: se sientan a la mesa con él. Sí, Jesús de Nazaret, el hijo del carpintero, el que fue ungido con el Espíritu Santo y con poder, que pasó por el mundo haciendo el bien y terminó colgado en un patíbulo, a éste, ¡DIOS LO HA RESUCITADO! Nadie lo ha visto con los ojos de la carne, pero él no está en el lugar donde lo pusieron y por el contrario se ha aparecido, no a todo el pueblo, sino a unos testigos que Dios había designado.

Nosotros creemos que Jesús resucitó porque UNOS HOMBRES, unos sencillos pescadores, NOS LO HAN DICHO Y LO HAN RUBRICADO con su sangre. Y porque, después de ellos, muchos otros cristianos han vivido y han muerto por esta misma causa durante veinte siglos.

Nosotros estamos ahora aquí porque, habiendo sido BAUTIZADOS en esta fe, que es la de la Iglesia, QUEREMOS EXPERIMENTARLA una vez más y proclamarla en todo el mundo y TRANSMITIRLA, eslabones de la tradición, a las gene- raciones que vendrán.

-Nosotros también somos testigos Eso es lo que deberíamos poder anunciar también nosotros, después de esta celebración, después de cada celebración, convertidos en apóstoles y evangelistas actualizados. Teniendo muy en cuenta que, si somos capaces de afirmar de palabra y de confirmar con las obras la resurrección de Jesús, es porque también nosotros hemos sido resucitados con él por la fuerza del Espíritu.

-Debemos ser HOMBRES DE ESPERANZA. No se puede andar por el mundo con cara de angustias y profetizando calamidades. Debemos mantenernos, a pesar de todo, en un optimismo insobornable, hecho a prueba de amor y de muerte. Como el de Juan XXIII. Muy realista pero lleno de buen humor. Jesús, el martes de Pascua, comía arenques con sus amigos junto al mar de Tiberíades. Debemos estar al lado de los jóvenes y de los hombres de buena voluntad que luchan por un mundo mejor. La salvación del hombre y de la humanidad no es una utopía. El amor y la vida triunfarán. Cristo ha vencido al pecado y la muerte.

-Debemos entrar sin miedo «en el sepulcro de Dios» que es EL MUNDO MODERNO -tan secularizado, tan vacío de Dios aparentemente- para descubrir en él, contrastando los hechos con la Escritura, la presencia y la ACCIÓN DEL RESUCITADO. Juan llegó primero al sepulcro, pero fue Pedro el primero que entró y creyó. No tenemos que esperar que la jerarquía vaya siempre por delante; pero sí tenemos que esperar su palabra y que, dejándose de seguridades demasiado humanas, fiándose bastante más del Espíritu, acepte también ella el riesgo de la fe.

-(MISA/DO)Debemos tomarnos en serio LA MISA DE CADA DOMINGO, no como un precepto religioso que hay que cumplir, como una mera ceremonia que nos puede justificar por sí misma, sino como el lugar y el momento privilegiado de nuestro encuentro semanal con el Señor, encuentro que nos ayudará a renovarnos en nuestro compromiso bautismal, a no perder nunca de vista el horizonte de la trascendencia en el atareamiento por las cosas temporales, a distinguir «los bienes de arriba» de «los bienes de la tierra», puesto que «allá arriba» es «donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios». Deberíamos convertir siempre nuestra reunión dominical, y más especialmente en este tiempo, en una auténtica fiesta desbordante de alegría, que prefigurase el banquete del Reino.

Dispongámonos, pues, a CELEBRAR la Pascua del Señor, a hacer la experiencia del Señor resucitado. El está aquí con nosotros. No lo vemos pero está. ¡Claro que está! Como estamos nosotros mismos. Sólo nos falta darnos cuenta, RECONOCERLO, intimar con él.

Lo acabamos de escuchar, nos sentamos con él a la mesa. En virtud del pan y del vino, también nosotros podemos decir que «hemos comido y bebido con él». Y entonces NUESTRA VIDA será como la de Jesús, y NUESTRO TESTIMONIO como el de los apóstoles.

CLIMENT FORNER

DOMINGO DE RAMOS (CICLO C)

SEGUNDA LECTURA: FILIPENSES 2, 6-11

Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera , se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todos y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble -en el Cielo, en la Tierra, en el Abismo- y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

El Escapulario del Carmen

Según la tradición, la Virgen entregó el Escapulario al Carmelita inglés San Simón Stock el día 16 de julio de 1251, asegurándole su protección en esta vida y en la hora de la muerte.

                                                                   BREVE  HISTORIA

            A finales del siglo XII nacía en el Monte Carmelo, de Palestina, la Orden de los Carmelitas. Pronto se vieron obligados a emigrar a Occidente. Aquí, en Europa, tampoco fueron muy bien recibidos por todos. Por ello el Superior General de la Orden, San simón Stock, suplicaba con insistencia la ayuda de la Santísima Virgen con esta oración:

            Flor del Carmelo, viña florida, esplendor del cielo, Virgen fecunda y singular. ¡Oh, madre tierna!, intacta de hombre, a los carmelitas proteja tu nombre, Estrella del mar.

Según la tradición en 1251 se realizó el prodigio. Un santoral del siglo XIV así lo cuenta:»Se le apareció la Bienaventurada Virgen María, acompañada de una multitud de ángeles, llevando en sus benditas manos el Escapulario de la Orden y diciendo estas palabras: «Este será el privilegio para ti y todos los Carmelitas: quien muriere con él se salvará».

Desde el S. XVI que es cuando se extiende por toda la cristiandad el uso del Escapulario del Carmen, casi todos los Papas lo han vestido y propagado.

San Pío X recordaba en el año 1950: «Es ciertamente el Escapulario como una librea mariana, prenda y señal de protección de la Madre de Dios. Mas no piensen los que visten esta librea que podrán conseguir la salvación eterna abandonándose a la pereza y a la desidia espiritual…» Desde entonces se difundió esta devoción y uso del santo escapulario del Carmen hasta que fue el vestido de reyes y nobles, pobres y ricos, clérigos y seglares, de todos los tiempos y lugares.

El Beato Pablo VI dijo: «Creemos que entre estas formas de piedad mariana deben contarse expresamente el rosario y el uso devoto del Escapulario del Carmen.»

San Juan Pablo II decía que «quien viste el Escapulario experimenta la presencia dulce y materna de María, con el compromiso diario de vestirse interiormente de Jesucristo. El Escapulario es signo de consagración a María y de protección continua de la Virgen Santísima no sólo durante el camino de la vida, sino también en el momento del tránsito hacia la plenitud de la gloria eterna.»

Se trata de un signo, un objeto de devoción con el cual externamente se manifiesta en quien lo lleva, amor a María, confianza filial en ella, compromiso de imitar su vida y un estilo de ser y de vivir al servicio de Dios y de los hermanos.

El Escapulario encuentra su verdadero sentido en el compromiso de seguir a Jesús, tal como hizo María, modelo perfecto del discípulo de Cristo. Y el origen de este compromiso está en el Bautismo que nos transforma en Hijos de Dios.

El Escapulario NO ES un elemento mágico protector, ni una garantía automática de salvación ni una dispensa de las exigencias de la vida cristiana.

El Escapulario ES un signo de adhesión y amor a María, expresión externa de pertenencia a la familia del Carmelo, un recuerdo constante de seguir a Jesús tal como lo hizo María, señal de la protección e intercesión de María.

El Concilio Vaticano II nos dice: «La verdadera devoción viene de la fe auténtica, que nos lleva a reconocer la excelencia de la Virgen María, y nos impulsa al amor filial hacia nuestra Madre y a imitar sus virtudes.»

Llevar el Escapulario indica pertenencia a la Orden de los Carmelitas, siendo partícipes de su carisma y espiritualidad. Quien lo lleva debe procurar tener siempre presente a la Santísima Virgen y tratar de copiar sus virtudes, su vida y obrar como Ella obró, según sus palabras: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.»  La Virgen María será siempre camino para llegar a Jesús. A su vez, Ella ha prometido su protección a quien lo llevare, para ser fortalecido en su vida cristiana día a día.

 

Lectura de la Palabra de Dios. 2Co 4,13–5,10 (Bendicional)

                     BENDICIÓN E IMPOSICIÓN

            El celebrante con las manos extendidas dice:

Oh, Dios, inicio y complemento de nuestra santidad,

que llamas a la plenitud de la vida cristiana

y a la perfección de la caridad

a los que han renacido del agua y del Espíritu Santo,

mira con bondad a estos hijos tuyos,

que reciben con devoción

este escapulario para alabanza de la Santísima Trinidad

y haz que sean imagen de Cristo, tu Hijo,

y así, terminado felizmente su paso por esta vida,

con la ayuda de la Virgen Madre de Dios,

sean admitidos al gozo de tu mansión.

Por Jesucristo, nuestro Señor.

R./ Amén

El celebrante asperja con agua bendita e impone el Escapulario diciendo:

Recibe este Escapulario por el cual quedas admitido en la familia de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo; llévalo como signo de su protección maternal y de tu compromiso por imitarle y servirla. Ella te ayude a revestirte de Cristo. Él vive en ti para gloria de la Santísima Trinidad y para cooperar en la Iglesia al bien de los hermanos. R./ Amén.

            La fórmula se dice una sola vez a todos y se impone a cada uno el Escapulario. Tras lo cual dice con estas u otras palabras:

Por la facultad que me ha sido concedida, os admito a la participación de todos los bienes espirituales de la Orden del Carmen.

            El celebrante concluye diciendo:

La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre vosotros. R./ Amén.

 ACTO DE CONSAGRACIÓN A LA VIRGEN DEL CARMEN

¡Madre, Hermosura y Reina del Carmelo!

Son muchas las gracias que he recibido de tu Hijo Jesús a lo largo de toda mi vida por mediación tuya.

Por ello vengo a darte gracias y a consagrarme a tu Hijo y a Ti en cuerpo y alma.

¡Madre!: Te ofrezco:

  • Mis ojos para mirarte, mi voz para bendecirte, mi vida para servirte, mi corazón para amarte.
  • Que el bendito Escapulario que llevo sobre mi pecho sea un recuerdo de todas tus virtudes que procuraré imitar.
  • Que nunca tenga la desgracia de mancillar la blancura bautismal que simboliza mi Escapulario.
  • Que rechace todo aquello que me aleje de tu Hijo Jesús.
  • Que cuando el demonio y el mundo me atraigan con sus máximas, tu Escapulario me recuerde que soy hijo y hermano y que pertenezco a Jesucristo.
  • Madre, concédeme la dicha de que viva siempre mi lema: Conocerte, amarte, imitarte e irradiarte para mejor conocer, amar, imitar e irradias a tu Hijo Jesucristo.     
  •                                                Rafael Mª López Melús
Escapulario Nuevo

 

 

 

 

MI LEMA

  • Que mi Escapulario me acompañe siempre.
  • Que en él vea siempre a mi Madre celestial.
  • Que al besarlo lo haga con amor de hijo y como promesa de amarle más y servirle mejor.
  • Que su recuerdo y su presencia en mi pecho me anime a serle más fiel a su Hijo y a Ella.
  • Que en él vea grabadas todas las virtudes de mi celeste Madre y trate de vivirlas.
  • Que su constante presencia sobre mi corazón me ayude a evitar el pecado y a practicar la virtud.
  • Que su recuerdo nunca permita que me olvide de Ella y así puedo estar seguro que Ella no me abandonará.                        

 

DOMINGO V DE CUARESMA (CICLO C)

Segunda lectura: Filipenses 3, 8-14

Todo lo estimo pérdida, comparando con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en él, no con una justicia mía -la de la ley-, sino con la que viene de la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe. Para conocerlo a él, y la fuerza de su resurrección, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte, para llegar un día a la resurrección de entre los muertos.

No es que haya conseguido el premio, o que ya esté en la meta: yo sigo corriendo. Y aunque poseo el premio, porque Cristo Jesús me lo ha entregado, hermanos, yo a mí mismo me considero como si aún no hubiera conseguido el premio. Sólo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, para ganar el premio, al que Dios desde arriba llama en Cristo Jesús.

DOMINGO IV DE CUARESMA (CICLO C)

Juan Pablo II

Exhortación Apostólica: Todo hombre es este hijo pródigo

«Padre, dame la parte que me toca de la fortuna» (Lc 15,12)

Reconciliatio et Paenitentia, nn. 5-6

5. […]Del hermano que estaba perdido…

«Un hombre tenía dos hijos. El más joven dijo al padre: «Padre, dame la parte de herencia que me corresponde», dice Jesús poniendo al vivo la dramática vicisitud de aquel joven: la azarosa marcha de la casa paterna, el despilfarro de todos sus bienes llevando una vida disoluta y vacía, los tenebrosos días de la lejanía y del hambre, pero más aún, de la dignidad perdida, de la humillación y la vergüenza y, finalmente, la nostalgia de la propia casa, la valentía del retorno, la acogida del Padre. Este, ciertamente no había olvidado al hijo, es más, había conservado intacto su afecto y estima. Siempre lo había esperado y ahora lo abraza mientras hace comenzar la gran fiesta por el regreso de «aquel que había muerto y ha resucitado, se había perdido y ha sido encontrado».

El hombre —todo hombre— es este hijo pródigo: hechizado por la tentación de separarse del Padre para vivir independientemente la propia existencia; caído en la tentación; desilusionado por el vacío que, como espejismo, lo había fascinado; solo, deshonrado, explotado mientras buscaba construirse un mundo todo para sí; atormentado incluso desde el fondo de la propia miseria por el deseo de volver a la comunión con el Padre. Como el padre de la parábola, Dios anhela el regreso del hijo, lo abraza a su llegada y adereza la mesa para el banquete del nuevo encuentro, con el que se festeja la reconciliación.

Lo que más destaca en la parábola es la acogida festiva y amorosa del padre al hijo que regresa: signo de la misericordia de Dios, siempre dispuesto a perdonar. En una palabra: la reconciliación es principalmente undon del Padre celestial.

…al hermano que se quedó en casa

Pero la parábola pone en escena también al hermano mayor que rechaza su puesto en el banquete. Este reprocha al hermano más joven sus descarríos y al padre la acogida dispensada al hijo pródigo mientras que a él, sobrio y trabajador, fiel al padre y a la casa, nunca se le ha permitido —dice— celebrar una fiesta con los amigos. Señal de que no ha entendido la bondad del padre. Hasta que este hermano, demasiado seguro de sí mismo y de sus propios méritos, celoso y displicente, lleno de amargura y de rabia, no se convierta y no se reconcilie con el padre y con el hermano, el banquete no será aún en plenitud la fiesta del encuentro y del hallazgo.

El hombre —todo hombre— es también este hermano mayor. El egoísmo lo hace ser celoso, le endurece el corazón, lo ciega y lo hace cerrarse a los demás y a Dios. La benignidad y la misericordia del Padre lo irritan y lo enojan; la felicidad por el hermano hallado tiene para él un sabor amargo. También bajo este aspecto él tiene necesidad de convertirse para reconciliarse.

La parábola del hijo pródigo es, ante todo, la inefable historia del gran amor de un padre —Dios— que ofrece al hijo que vuelve a Él el don de la reconciliación plena. Pero dicha historia, al evocar en la figura del hermano mayor el egoísmo que divide a los hermanos entre sí, se convierte también en la historia de la familia humana: señala nuestra situación e indica la vía a seguir. El hijo pródigo, en su ansia de conversión, de retorno a los brazos del padre y de ser perdonado representa a aquellos que descubren en el fondo de su propia conciencia la nostalgia de una reconciliación a todos los niveles y sin reservas, que intuyen con una seguridad íntima que aquélla solamente es posible si brota de una primera y fundamental reconciliación, la que lleva al hombre de la lejanía a la amistad filial con Dios, en quien reconoce su infinita misericordia. Sin embargo, si se lee la parábola desde la perspectiva del otro hijo, en ella se describe la situación de la familia humana dividida por los egoísmos, arroja luz sobre las dificultades para secundar el deseo y la nostalgia de una misma familia reconciliada y unida; reclama por tanto la necesidad de una profunda transformación de los corazones y el descubrimiento de la misericordia del Padre y de la victoria sobre la incomprensión y las hostilidades entre hermanos.

A la luz de esta inagotable parábola de la misericordia que borra el pecado, la Iglesia, haciendo suya la llamada allí contenida, comprende, siguiendo las huellas del Señor, su misión de trabajar por la conversión de los corazones y por la reconciliación de los hombres con Dios y entre sí, dos realidades íntimamente unidas.