FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

El año litúrgico comienza con el ciclo de la manifestación del Señor en la carne (Adviento, Navidad-Epifanía y Bautismo de Jesús) y sigue con el ciclo de la pasión, muerte y glorificación de Cristo (Cuaresma, Semana Santa Y Pascua hasta Pentecostés). Ya en el Tiempo Ordinario (que ocupa la mayor parte del año) tenemos algunas fiestas que aún se mueven en la órbita de la Pascua: la Santísima Trinidad (el domingo próximo), el Corpus Christi (el siguiente) y el Sagrado Corazón de Jesús (el viernes posterior). Hablaremos hoy de la primera.


San Juan de la Cruz la celebraba siempre con mucho gozo, porque decía que la Santísima Trinidad es el Santo más grande del cielo, de donde brota toda la santidad y toda la felicidad verdadera.

Gracias a las enseñanzas de Jesús y al don del Espíritu Santo (que nos ayuda a comprenderlas), podemos conocer el misterio de Dios. Es verdad que a Dios nadie lo ha visto nunca en esta vida. Él es más grande de todo lo que podemos ver o conocer. Pero el Hijo de Dios hecho hombre nos lo ha revelado y nos ha enseñado que Dios no es soledad infinita, sino comunión de luz y de amor, vida dada y recibida en un diálogo eterno entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. Como dice san Agustín, el Padre es el Amante, el Hijo es el Amado y el Espíritu Santo es el Amor que une al Padre con el Hijo.

«Dios es amor». Esta es la plenitud de la revelación. Lo es desde toda la eternidad y nos ha creado para que vivamos en comunión de amor con Él. Esta es nuestra vocación: Vivir la vida de Dios en el amor. Como hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, solo podemos ser felices si vivimos en el amor. Jesús también nos ha revelado lo que es el amor. No es un sentimiento o una atracción. Es la capacidad de olvidarnos de nosotros mismos para buscar el bien de las personas amadas, hasta el extremo de dar la vida por ellas, si es necesario.

Las monjas contemplativas viven ese amor en plenitud. Se han consagrado a amar a Dios y a los hermanos con todo su corazón, con toda su alma y con todo su ser. Como dice santa Teresita, ellas son el amor en el corazón de la Iglesia. La Iglesia española celebra su día coincidiendo con la fiesta de la Santísima Trinidad. Oremos por ellas, para que de sus monasterios sigan brotando ríos de gracia que llenen de amor a toda la Iglesia. Amén.

P. EDUARDO SANZ DE MIGUEL

Domingo de Pentecostés

Celebramos el Domingo de Pentecostés con el que concluye el Tiempo Pascual. Jesús envía desde el Padre el Espíritu Santo prometido a sus discípulos. «No os dejaré huérfanos». «Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros». (Jn) «El Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho.» (Jn)

La fuerza de su Espíritu nos es dada y nos envía a dar testimonio gozoso de la Resurrección del Señor, como a aquellos discípulos que, si bien por miedo estaban escondidos al principio, después proclamaban con fuerza que Jesús está vivo.

«El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él.»  (Jn)

VEN, OH ESPÍRITU, MORA EN MI CORAZÓN Y LLÉNALO DE TUS DONES PARA TENER LOS MISMOS SENTIMIENTOS DE JESÚS.

 

Poema de San Juan de la Cruz al Espíritu Santo, al que se dirige llamándole «Llama de amor viva». Tanto el poema como el comentario fueron compuestos por él en el convento de Los Mártires de Granada, en 1584 (o 1585), mientras era vicario provincial de Andalucía. Fueron escritos en quince días, a petición de Ana de Peñalosa, una de sus hijas espirituales preferidas.

                        Llama de amor viva.

¡ Oh llama de amor viva,
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro !
Pues ya no eres esquiva,
acaba ya, si quieres ;
rompe la tela de este dulce encuentro.

 ¡ Oh cauterio suave !
¡ Oh regalada llaga !
¡ Oh mano blanda ! ¡ Oh toque delicado !
Que a vida eterna sabe
y toda deuda paga ;
matando, muerte en vida la has trocado.


! Oh lámparas de fuego,
en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido,
que estaba oscuro y ciego,
con extraños primores
calor y luz dan junto a su querido !


! Cuán manso y amoroso
recuerdas en mi seno
donde secretamente solo moras,
y en tu aspirar sabroso
de bien y gloria lleno
cuán delicadamente me enamoras !

 

La Ascensión del Señor

 

Hoy celebramos la Ascensión de Jesús al cielo, que tuvo lugar cuarenta días después de la Pascua… En la liturgia se narra el episodio de la última vez que el Señor Jesús se separó de sus discípulos (cf. Lc 24, 50-51; Hch 1, 2.9); pero no se trata de un abandono, porque él permanece para siempre con ellos —con nosotros— de una forma nueva.  Inmediatamente antes de este acontecimiento tuvo lugar la bendición de los discípulos, que los preparó a recibir el don del Espíritu Santo, para que la salvación fuera proclamada en todas partes. Jesús mismo les dijo: «Vosotros sois testigos de estas cosas. Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la promesa de mi Padre» (Lc 24, 48-49).

El Señor atrae la mirada de los Apóstoles —nuestra mirada— hacia el cielo para indicarles cómo recorrer el camino del bien durante la vida terrena. Sin embargo, él permanece en la trama de la historia humana, está cerca de cada uno de nosotros y guía nuestro camino cristiano: acompaña a los perseguidos a causa de la fe, está en el corazón de los marginados, se halla presente en aquellos a los que se niega el derecho a la vida. Podemos escuchar, ver y tocar al Señor Jesús en la Iglesia, especialmente mediante la palabra y los sacramentos. A este propósito, exhorto a los muchachos y jóvenes que en este tiempo pascual reciben el sacramento de la Confirmación a permanecer fieles a la Palabra de Dios y a la doctrina que han aprendido, como también a acercarse asiduamente a la Confesión y a la Eucaristía, conscientes de haber sido elegidos y constituidos para testimoniar la Verdad. Renuevo también mi invitación especial a los hermanos en el sacerdocio a que «con su vida y sus obras, se distingan por un vigoroso testimonio evangélico» (Carta de convocatoria del Año sacerdotal) y sepan utilizar con sabiduría también los medios de comunicación, para dar a conocer la vida de la Iglesia y ayudar a los hombres de hoy a descubrir el rostro de Cristo (cf. Mensaje para la 44ª Jornada mundial de las comunicaciones sociales, 24 de enero de 2010).

Queridos hermanos y hermanas, el Señor, al abrirnos el camino del cielo, nos permite saborear ya en esta tierra la vida divina. Un autor ruso del siglo XX, en su testamento espiritual, escribió: «Observad más a menudo las estrellas. Cuando tengáis un peso en el alma, mirad las estrellas o el azul del cielo. Cuando os sintáis tristes, cuando os ofendan, … deteneos a mirar el cielo. Así vuestra alma encontrará la paz» (N. Valentini – L. Žák (ed.), Pavel A. Florenskij. Non dimenticatemi. Le lettere dal gulag del grande matematico, filosofo e sacerdote russo, Milán 2000, p. 418). Doy gracias a la Virgen María, a quien en los días pasados pude venerar en el santuario de Fátima, por su materna protección durante la intensa peregrinación a Portugal. A ella, que vela por los testigos de su Hijo amado, dirigimos con confianza nuestra oración.

Benedicto XVI, Papa

Regina Caeli (16-05-2010)

Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales
Solemnidad de la Ascensión del Señor
Domingo 16 de mayo del 2010