DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO C)

Historia inaudita cuando se piensa en los tabúes que Jesús violaba. Decía un rabino de la época que entre un justo y una prostituta había que mantener una distancia de 2 metros.

Jesús no se cuida ni de juicios ni de conveniencias. Esta pecadora tiene una gran confianza en Jesús. Jesús la acoge con un amor que la transforma y entonces se despierta en ella un amor más grande. Otro amor que la purifica y la resucita, un amor inmenso porque ha recibido un perdón inmenso.

Dos personas. Dos seres que están dentro de nosotros. El Justo y la pecadora. El justo observa fríamente, razona, encerrado en lo que cree saber sobre Dios, el pecado, los perdones imposibles. Va a faltar a este encuentro que habría cambiado su vida.

La pecadora no dice nada, tiene detalles de delicadeza, de amor. Simeón es un justo, de esos a los que Jesús no ha venido a llamar. Si se sientan a la misma mesa, lo hacen como personas que se han hecho ellos mismos la invitación. No pueden entender la gracia, el don gratuito, generoso, traído por Jesús. ¿Es que son orgullosos -más pecadores que los demás? El texto no se preocupa de esto y deja a la paradoja toda su fuerza: aquellos a los que se perdona poco no pueden entender a Jesús. Del otro lado está la mujer. En una situación de desamparo. Su misterio hace pensar en esa otra mujer que Jesús acaba de encontrar y que conocía también el fondo del desamparo llevando al sepulcro a su hijo único. Llegando como llegan al fondo de la pobreza, las dos mujeres no pueden sino recibir.

La palabra de Jesús crea una vida nueva. Cada vez que me confieso, Cristo me dice las mismas palabras, con el mismo amor, con la misma fuerza. La diferencia no esta en Jesús sino en mí.

El amor es consecuencia del perdón. La moral tradicional queda aquí en ridículo. Habitualmente, el perdón aparece como la recompensan del amor y el amor como la causa del perdón. Aquí es a la inversa; el amor es la consecuencia, el fruto del perdón. el perdón es lo primero, no se da a cambio del amor, sino que es pura y simplemente dado. ¿Cuál es entonces la causa del perdón? Algunas buena disposición habrá en la mujer, que la impulsa a hacerse perdonar.

Sólo los que pasan la dura experiencia de la pobreza, cualquiera que sea la forma bajo la que se presente esa indigencia son accesibles al don de Dios que es el perdón.

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