SOLEMNIDAD DE LA VIRGEN DEL CARMEN

NOS LA REGALÓ COMO MADRE Y NOS ENTREGÓ A
ELLA COMO HIJOS

“Míos son los cielos y mía es la tierra; mías son las gentes, los justos son míos y míos los pecadores; los ángeles son míos, y la Madre de Dios y todas las cosas son mías; y el mismo Dios es mío y para mí, porque Cristo es mío y todo para mí.  

Este precioso texto de san Juan de la Cruz, está tomado de la Oración del alma enamorada (Dichos de luz y amor, 26-27).

Me siento totalmente identificado con estas osadas palabras. No merezco llamar “mía” a la Madre de Dios ni decir “mío” a todo lo que ahí se enuncia. Es el mismo atrevimiento que cuando rezamos el padrenuestro. La Madre de Dios es mía y mío es el amor de Dios, y el mismo Dios es mío, porque Cristo es mío y en Él todo es mío y para mí.

Santa Teresita, en la poesía “Vivir de Amor”, se experimenta habitada de Dios, y afirma que es por obra y gracia de su amor. Su amor de criatura. Un hermoso disparate. Ella sabe, como lo sé yo también, que el amor no tiene en nosotros su fuente, sino en Dios, que es Amor. Pero cuando Dios se desborda en nosotros, podemos, con verdad, llamarlo “nuestro”. A Dios y al prójimo lo amamos con su mismo amor; el amor nuestro de cada día es un amor siempre y cada día recibido de Dios. No existe más que el amor de Dios. Lo que pasa es que el mundo le tiene usurpado el nombre al Amor. Pero los cristianos, que hemos conocido el Amor, podemos entonar como propio este canto henchido de plenitud: “Míos son los cielos, la tierra, las gentes, los buenos y los malos, los ángeles, la Madre de Dios y todas las cosas, y el mismo Dios, porque en Cristo es todo mío y para mí”.

San Pablo nos recuerda que: “todo es vuestro, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios” (1Cor 3,18-23). A través de Cristo hemos recibido un derroche de toda clase de bienes espirituales y celestiales. Dios es irreversible en sus dones (Rm 11,29). Y nos ha dado a su Hijo, dador de todo bien. Por eso, el contexto de este párrafo es la oración de un alma enamorada que ha recibido de Dios lo más que éste puede darle dándole a su Hijo.

El alma enamorada reza desde la certeza de saberse en posesión del don más inefable: “No me quitarás, Dios mío, lo que una vez me diste en tu Hijo Jesucristo, en quien me diste todo lo que te quiero” (San Juan de la Cruz).

Qué bien se unen aquí la voluntad de Dios en darnos lo que desde siempre nos quiere dar, y la nuestra en querer recibir lo que más queremos. Dios nos da lo que más quiere para que recibamos lo que más queremos. Pues la Virgen Madre de Dios, también se me ha dado. Al Hijo de Dios, que nos amó hasta el extremo (Jn 13,1), aún le quedaba un último regalo que hacernos. Nos dice el evangelio de Juan que Jesús desde lo alto de la cruz, “viendo a su Madre y a su lado al discípulo que tanto quería” nos la regaló como Madre y nos entregó a ella como hijos. Por eso, con toda verdad y con inmensa gratitud, puedo llamar mía a la Madre de Dios. Son palabras testamentarias y forman parte de las últimas voluntades del Señor, antes de entregar su espíritu al Padre.

Este último regalo de Jesús al discípulo dándole a María por Madre, está inscrito en la voluntad de Dios, y es necesario que Jesús lo realice para poder decir antes de entregar su espíritu: “Todo está cumplido”. Yo, como discípulo, recibo a María en mi casa, como un tesoro, como lo más preciado, como el regalo más hermoso de Dios. Pero Jesús no solo ha hecho mía a su Madre, sino que también me ha puesto a su cuidado haciéndome todo suyo. Para mí, vivir como carmelita, en obsequio de Jesucristo, es el mejor servicio que puedo hacer a la Madre de Dios.

 Rafael Mª León, OCD, Revista ORAR 254

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