SOLEMNIDAD DE SANTIAGO APÓSTOL, PATRÓN DE ESPAÑA

Dios nos da fuerzas para poder «beber de su cáliz»

Por: P. Jesús Martí Ballester |

1. «El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis colgándolo de un madero. La diestra del Señor lo exaltó haciéndolo jefe y salvador, para otorgar a Israel la conversión con el perdón de los pecados»Hechos 4,33.

Este texto de los Hechos de los Apóstoles contiene el kerigma completo proclamado por ellos después de la resurrección, consiguientemente también por Santiago, que será el primero en derramar su sangre y participar plenamente en el cáliz redentor de Cristo, como respondió a Jesús que podía.

Bajo la autoridad de Pedro y con el acuerdo de los doce, se distribuyen la tierra conocida para proclamar este mensaje de perdón y de salvación, como les había ordenado Jesús.

2. Según la tradición, a España, provincia del Imperio, viene Santiago el Mayor, uno de los hijos del Zebedeo, el hermano de Juan. De carácter fuerte y ambicioso, arrebatado, Hijo del Trueno, y predilecto del Señor. Hispania, culturizada por Roma, se había enriquecido con un cruce de colonizaciones y civilizaciones.

Desde la Hesperia de los griegos y la Iberia de los cartagineses hasta de nuevo la Hispania romana, de vuelta al nombre de los fenicios, seguidores de los reyes del mito, Gerión, Gárgoris y Habis, su hijo incestuoso, amamantado por las ciervas del monte, como Rómulo y Remo por la loba de Roma, los iberos de África, antes de Argantonio, ya habían dado a nuestra patria el nombre primigenio de Iberia, como hija del padre Ebro, máximo exponente de la tierra.

Del centro y del norte de Europa, llegaron después los celtas, hombres rubios y algo más refinados, en contraste con los africanos, que eran morenos y fuertes. Del mestizaje de los dos pueblos nacerán los celtíberos, que darán el nombre a Celtiberia. Los griegos también colonizan a Iberia, antes de que vengan los romanos e integren la península como Hispania, constituida ya colonia romana.

Este cruce de invasiones dio lugar a un enjambre de paganismo y de religiones, necesitadas de evangelio y difíciles para recibirlo.

3. A este campo duro de siembra llega Santiago, y aquí, lejos de Oriente, en el «finis terrae» y confín del «mare tenebrosum», donde acaba la tierra, sembró las primeras semillas de las que brotaron los siete varones apostólicos, todos ungidos obispos de las primeras comunidades cristianas de España, que prepararán la gran gesta y la mayor evangelización de los nuevos pueblos de América, donde después de 1.500 años, España dejará la fe, la lengua, las costumbres y hasta el nombre de algunas ciudades, como Santiago de los Caballeros en la República Dominicana, Santiago en Cuba, en Brasil, en Panamá, en Costa Rica, en Paraguay, en Perú y en Chile.

Sudor y zozobra. Angustia y desamparo. Tanto sufría Santiago que María, la madre del Señor, compadecida de la soledad del Apóstol y, seguramente con la recomendación de su hermano Juan, y su “hijo”, vino en carne mortal a Zaragoza, la Cesaraugusta de nombre imperial, situada en la orilla del Ebro, a confortar su espíritu, según mantiene la vieja y arraigada tradición.

María fortaleció su corazón solitario, su siembra al parecer estéril, la tortura del Reino que no cuajaba. No hay soledad mayor que la del que habla un lenguaje que no es comprendido, ni él mismo comprende el lenguaje y la vida de aquellos a quienes trae la Vida, porque se expresan en códigos diferentes.

Su siembra dolorosa fue fecunda: Santiago introdujo a María en España y España introducirá a María igualmente en América y con ella la fe, hoy tan firme y floreciente. Vuelto a Jerusalén, «el rey Herodes lo hizo decapitar para complacer a los judíos».

A los que seguimos sembrando nos fortalece el pensar y ver que es verdad que el grano sembrado en tierra da mucho fruto, viendo la cosecha de la predicación del Apóstol, que parecía inútil.

4. Según el Codex Calixtinus del siglo XII, y la Leyenda Áurea del siglo XIII, los discípulos del santo transportaron su cuerpo por mar hasta Galicia, y lo depositaron cerca de la ciudad romana Iria Flavia.

Otra tradición hace protagonistas a los monjes andaluces que, huyendo de la invasión musulmana, subieron hacia arriba, llevando consigo los huesos de Santiago. Pero el hecho de la evangelización de España por Santiago consta ya en el Breviarium Apostolorum del siglo VII.

Su sepulcro, como el de Jesús en Jerusalén, en las Cruzadas, y el de Pedro y Pablo en Roma, en las romerías, se convirtió en lugar de peregrinación, para conseguir la perdonanza atravesando el Pórtico de la Gloria del maestro Mateo.

Allí nació Europa, y allí tiene sus raíces. A recobrar esas raíces de su evangelización convocó Juan Pablo II a Europa, en el año 1982: «Europa, sé tú misma». Venían de Europa los peregrinos, trasvasando fe, cultura y fraternidad. Con las multitudes vinieron también personajes como Carlomando y el Poverello de Asís.

Desde Somport a Roncesvalles, llegando hasta Puente la Reina en Navarra, la tierra riojana, y la castellana hasta arribar por fin en Galicia, a Santiago, Campo de estrellas. Decían los alemanes: Grande fue nuestra devoción en Roma ante San Pedro y San Pablo, pero la mayor la sentimos ante el sepulcro de Santiago en Compostela.

Avanzaban cantando sin importarles mezclar el latín con el alemán: “Herru Santiagu, Got Santiagu, eutreia, esuseia, Deus aia nos”. “Señor Santiago, Divino Santiago, adelante, arriba, Dios nos ayude”.

5. Bien puede decir Santiago con Pablo que «el tesoro de la fe lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros». Por eso aunque «nos aprietan por todos lados, no nos aplastan». Y si «nos entregan a la muerte por causa de Jesús, es para que la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal» 2 Corintios 4,7.

Como a Él lo entregaron a la muerte, también a nosotros. Por tres veces fue corregido por Jesús: En Samaria, cuando quería hacer llover fuego de destrucción. Cuando interpuso la mediación de su madre pidiendo el puesto más apetecible a su entender. Cuando en Getsemaní, se durmió mientras Jesús agonizaba: “¿No habéis podido velar una hora conmigo?”.

6. Con el martirio de Santiago se cumple la palabra profética de Jesús: «Beberéis mi cáliz». Se lo dijo cuando estaba lejos de desear la muerte, sino un cargo sobresaliente en el reino de Jesús, concebido a la manera humana, en competencia con Pedro, quien, con su hermano Juan, eran los tres predilectos de Jesús: Les había elegido para que vieran la resurrección de la hija de Jairo, la transfiguración y su oración en el Huerto. «No sabían lo que pedían» Mateo 20,20.

Ocurre hoy, como ayer y como siempre, cuando se busca, se pretende, se rodea el mundo y se interponen mediadores para conseguir los primeros puestos, sin darse cuenta de que el porrazo es más resonante, cuanto de más alto se cae. Ya dijo San Pío X, cuando le elevaron a obispo de Mántua: mientras el sacerdote lleva la cruz por dentro es soportable.

Cuando la lleva por fuera, es intolerable. Pero al que lo procuró hay que recordarle la frase castellana: “Fraile mostén, tú lo quisiste, tú te lo ten”.

7. Los dos Zebedeos, Santiago y Juan, sobre todo el impetuoso Santiago, como los discípulos que se indignaron cuando oyeron su pretensión, estaban aún verdes para la cosecha del martirio. No había venido todavía el Espíritu que les haría fuertes a unos y a otros para dar testimonio de la muerte y la resurrección de Cristo.

8. Que nadie se desespere ante su inmadurez en la fe, sabiendo que esta fuerza viene de Dios, que constantemente trabaja nuestro corazón, si le dejamos, con la gracia, con el riego de la oración personal, con los sacramentos, y especialmente con el de la Eucaristía, que estamos celebrando, con el que nos unimos a la Pascua de Jesús. Con su fuerza «nuestra tierra dará su fruto, porque nos bendice el Señor, nuestro Dios» Salmo 66.

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