DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO C)

Si reflexionamos en el pasaje evangélico de hoy y escuchamos al Señor,que en él nos habla, nos asustamos. «Quien no renuncia a todas sus propiedades y no dejatambién todos sus lazos familiares, no puede ser mi discípulo». Quisiéramosobjetar: pero, ¿qué dices, Señor? ¿Acaso el mundo no tiene precisamentenecesidad de la familia? ¿Acaso no tiene necesidad del amor paterno y materno, delamor entre padres e hijos, entre el hombre y la mujer? ¿Acaso no tenemosnecesidad del amor de la vida, de la alegría de vivir? ¿Acaso no hacen falta tambiénpersonas que inviertan en los bienes de este mundo y construyan la tierra que nosha sido dada, de modo que todos puedan participar de sus dones? ¿Acaso no nosha sido confiada también la tarea de proveer al desarrollo de la tierra y de sus bienes?
Si escuchamos mejor al Señor y, sobre todo, si lo escuchamos en el conjunto de todo lo que nos dice, entonces comprendemos que Jesús no exige a todos lo mismo. Cada uno tiene su tarea personal y el tipo de seguimiento proyectado para él. En el evangelio de hoy Jesús habla directamente de algo que no es tarea de las numerosas personas que se habían unido a él durante la peregrinación hacia Jerusalén, sino que es una llamada particular para los Doce. Estos, ante todo, deben superar el escándalo de la cruz; luego deben estar dispuestos a dejar verdaderamente todo y aceptar la misión aparentemente absurda de ir hasta los confines de la tierra y, con su escasa cultura, anunciar a un mundo lleno de presunta erudición y de formación ficticia o verdadera, y ciertamente de modo especial a los pobres y a los sencillos, el Evangelio de Jesucristo. En su camino a lo largo del mundo, deben estar dispuestos a sufrir en primera persona el martirio, para dar así testimonio del Evangelio del Señor crucificado y resucitado.
Aunque, en esa peregrinación hacia Jerusalén, en la que va acompañado por una gran muchedumbre, la palabra de Jesús se dirige ante todo a los Doce, su llamada naturalmente alcanza, más allá del momento histórico, todos los siglos. En todos los tiempos llama a las personas a contar exclusivamente con él, a dejar todo lo demás y a estar totalmente a su disposición, para estar así a disposición de los otros; a crear oasis de amor desinteresado en un mundo en el que tantas veces parecen contar solamente el poder y el dinero. Demos gracias al Señor porque en
todos los siglos nos ha donado hombres y mujeres que por amor a él han dejado todo lo demás, convirtiéndose en signos luminosos de su amor. Basta pensar en personas como Benito y Escolástica, como Francisco y Clara de Asís, como Isabel de Hungría y Eduviges de Polonia, como Ignacio de Loyola y Teresa de Ávila, hasta la madre Teresa de Calcuta y el padre Pío. Estas personas, con toda su vida, han sido una interpretación de la palabra de Jesús, que en ellos se hace cercana y comprensiva para nosotros. Oremos al Señor para que también en nuestrtiempo conceda a muchas personas la valentía para dejarlo todo, a fin de estar a disposición de todos.
Pero si volvemos al Evangelio, podemos observar que el Señor no habla solamente de unos pocos y de su tarea particular; el núcleo de lo que dice vale para todos. En otra ocasión aclara así de qué cosa se trata, en definitiva: «Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ese la salvará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina?» (Lc 9, 24-25). Quien quiere sólo poseer su vida, tomarla sólo para sí mismo, la perderá. Sólo quien se entrega recibe su vida. Con otras palabras: sóloquien ama encuentra la vida. Y el amor requiere siempre salir de sí mismo, requiere
olvidarse de sí mismo.Quien mira hacia atrás para buscarse a sí mismo y quiere tener al otro solamentepara sí, precisamente de este modo se pierde a sí mismo y pierde al otro. Sin estemás profundo perderse a sí mismo no hay vida. El inquieto anhelo de vida que hoyno da paz a los hombres acaba en el vacío de la vida perdida. «Quien pierda su vidapor mí…», dice el Señor. Renunciar a nosotros mismos de modo más radical sólo es
posible si con ello al final no caemos en el vacío, sino en las manos del Amor eterno. Sólo el amor de Dios, que se perdió a sí mismo entregándose
a nosotros, nos permite ser libres también nosotros, perdernos, para así encontrar verdaderamente la vida.Este es el núcleo del mensaje que el Señor quiere comunicarnos en el pasajeevangélico, aparentemente tan duro, de este domingo. Con su palabra nos da lacerteza de que podemos contar con su amor, con el amor del Dios hecho hombre.
Reconocer esto es la sabiduría de la que habla la primera lectura de hoy. También vale aquí aquello de que de nada sirve todo el saber del mundo si no aprendemos a vivir, si no aprendemos qué es lo que cuenta verdaderamente en la vida. «Sine dominico non possumus!«. Sin el Señor y el día que le pertenece no se realiza una vida plena. En nuestras sociedades occidentales el domingo se ha transformado en un fin de semana, en tiempo libre. Ciertamente, el tiempo libre, especialmente con la prisa del mundo moderno, es algo bello y necesario, como lo sabemos todos.
Pero si el tiempo libre no tiene un centro interior, del que provenga una orientación para el conjunto, acaba por ser tiempo vacío que no nos fortalece ni nos recrea. El tiempo libre necesita un centro: el encuentro con Aquel que es nuestro origen y nuestra meta. Mi gran predecesor en la sede episcopal de Munich y Freising, el cardenal Faulhaber, lo expresó en cierta ocasión de la siguiente manera: «Da al alma su domingo, da al domingo su alma».Precisamente porque, en su sentido profundo, en el domingo se trata delencuentro, en la Palabra y en el Sacramento, con Cristo resucitado, el rayo de estedía abarca toda la realidad. Los primeros cristianos celebraban el primer día de lasemana como día del Señor porque era el día de la Resurrección. Sin embargo, muypronto la Iglesia tomó conciencia también del hecho de que el primer día de lasemana es el día de la mañana de la creación, el día en que Dios dijo: «Hágase laluz» (Gn 1, 3). Por eso, en la Iglesia el domingo es también la fiesta semanal de la creación, la fiesta de la acción de gracias y de la alegría por la creación de Dios.En una época, en la que, a causa de nuestras intervenciones humanas, la creaciónparece expuesta a múltiples peligros, deberíamos acoger conscientemente tambiénesta dimensión del domingo. Más tarde, para la Iglesia primitiva, el primer díaasimiló progresivamente también la herencia del séptimo día, del sabbat.Participamos en el descanso de Dios, un descanso que abraza a todos los hombres.Así percibimos en este día algo de la libertad y de la igualdad de todas las criaturas de Dios.
En la oración de este domingo recordamos ante todo que Dios, mediante su Hijo, nos ha redimido y adoptado como hijos amados. Luego le pedimos que mire con benevolencia a los creyentes en Cristo y que nos conceda la verdadera libertad y la vida eterna. Pedimos a Dios que nos mire con bondad. Nosotros mismos necesitamos esa mirada de bondad, no sólo el domingo, sino también en la vida de cada día. Al orar sabemos que esa mirada ya nos ha sido donada; más aún, sabemos que Dios nos ha adoptado como hijos, nos ha acogido verdaderamente en
la comunión con él mismo.
Ser hijo significa —lo sabía muy bien la Iglesia primitiva— ser una persona libre; no un esclavo, sino un miembro de la familia. Y significa ser heredero. Si pertenecemos al Dios que es el poder sobre todo poder, entonces no tenemos miedo y somos libres; entonces somos herederos. La herencia que él nos ha dejado es él mismo, su amor.
¡Sí, Señor, haz que este conocimiento penetre profundamente en nuestra alma, para que así aprendamos el gozo de los redimidos! Amén.
Fragmento 

HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
 
Viena, domingo 9 de septiembre de 2007

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