DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO C)

LECTURA ORANTE DEL EVANGELIO: Lucas 19,1-10

“Vive alerta al Amor” (Santa Isabel de la Trinidad).

Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesus. 

La oración comienza con el deseo, por pequeño que sea, de buscar a Jesús. Cada uno tiene su historia detrás, como la tenía Zaqueo, y a veces nos pesa y parece que condiciona irremediablemente nuestro futuro. Pero no es verdad. Jesús está de paso, pero su paso nunca es intrascendente. Cuando el deseo de conocer a Jesús está vivo y es sincero, se produce el encuentro con Él. El deseo siempre es antesala de encuentro. Quiero vivir con los ojos clavados en Ti, sin apartarme nunca de tu inmensa luz” (Isabel de la Trinidad).  

’Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa’. 

Creíamos que éramos nosotros quienes buscábamos a Jesús y era Él quien nos buscaba. Queríamos mirarle y era Él quien estaba mirando nuestra pequeñez. Solo pretendíamos ver pasar a Jesús y es Él quien nos saca del anonimato y quiere alojarse en nuestra casa. Para Él es más importante convivir con nosotros, ser nuestro amigo, que convertir nuestra vida desde fuera. Jesús busca el encuentro. Nos llama por nuestro nombre. No mira nuestro pasado, mira nuestra belleza olvidada y la saca a la luz. Somos únicos para Jesús, nos ama a pesar de todo. Así es Él, hasta ahí llega su amor. No esperábamos tanto. ¡Déjate amar! ¡Vive en comunión con el Amor!” (Isabel de la Trinidad).

’Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador’. 

No hay pecado que Jesús no pueda perdonar, no hay vida que no pueda salvar, ni miseria que no pueda revestir de misericordia. Las críticas arrecian: ‘¿Cómo ha podido Jesús ir a hospedarse a casa de un pecador? ¿Cómo ha tenido valor para detener en él su mirada?’ Pero Jesús, amigo de la vida, no hace caso del ruido. Lo que le importa es comunicar fuerza a una vida rota. Jesús está feliz porque a uno que estaba perdido le está llegando la salvación. En la casa de un pecador, en nuestra casa interior, ha entrado la alegría, la paz; ha entrado Jesús. “Convéncete de que Jesús te ama. Cree en su amor, en su inmenso amor” (Isabel de la Trinidad).

’Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres’.

Cambiar: ¿es posible? El encuentro con Jesús puede cambiarnos. La conversión acontece en el corazón, pero se ve en la actitud hacia los pobres: ‘una iglesia pobre y para los pobres’. Dar la mitad es tenerlo todo a medias con los pobres. Pensar en los demás, compartir con ellos: ¡Algo increíble! Si te habitúas a vivir bajo la mirada de Jesús, tendrás su misma fortaleza” (Isabel de la Trinidad).

’Hoy ha sido la salvación de esta casa… El Hijo del hombre ha venido a salvar lo que estaba perdido’. 

Aquí está dicho todo. Este es el camino de la misericordia: salvar lo perdido. Esta es la alegría: tener la vida perdida y encontrarla en Jesús. Aquí comienza la aventura: ser testigos de Jesús en medio de una sociedad injusta. “Que mi vida no sea más que una irradiación de tu Vida” (Isabel de la Trinidad).    

¡Feliz Domingo!

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO

Se han dado muchas interpretaciones diferentes a la parábola del fariseo y del publicano; y, para no ser totalmente falsas, no van necesariamente hasta el fondo de las cosas. En primer lugar, se ha encontrado una nota escatológica sobre todo en razón del último versículo (v. 14b). El juicio último pondría de manifiesto la elevación de los humildes y la humillación de los orgullosos.

Sin embargo, este versículo es puesto con tanta frecuencia en labios de Cristo (Lc 14, 11; Mt 23, 12) que cabe considerarlo como una especie de estribillo que viene a rimar regularmente las principales enseñanzas del Señor.

Se ha querido ver igualmente en esta perícopa una lección sobre la oración, que debe ser humilde y no apoyarse en los méritos personales, sino sobre la iniciativa de Dios. Lucas habría relacionado así dos perícopas sobre la oración (18, 1-8 y 18, 9-14), con el fin de organizar un pequeño tratado eucológico. No es imposible que Lucas haya «releído» estos textos en este sentido, pero no se comprende entonces que haya subrayado, en el v. 9, el cambio de público como para diferenciar mejor los dos episodios.

De hecho, la parábola es primero y ante todo una lección: un pecador penitente es más agradable a Dios que un orgulloso que se cree justo (Lc 16, 15). Puede descubrirse, más allá de los dos personajes de la parábola, la oposición entre dos tipos de justicia: la del hombre que se concede a sí mismo un «satisfecit» personal cuando cree haber cumplido perfectamente sus obras, y la que Dios otorga al pecador que se convierte. El tema paulino de la justificación por la fe se encuentra ya esbozado en este relato (Rom 1-9 y Ef 2, 8-10). La oración que Cristo pone en labios del fariseo es un modelo que se vuelve a encontrar a veces en términos equivalentes en los documentos rabínicos contemporáneos: el orante no formula ninguna petición (¡lo que sería indigno!), sino solo palabras de gratitud por la certeza que tiene de encontrarse en el camino de la felicidad eterna. Al escuchar esta oración, los oyentes debían reconocer: ¿qué se puede criticar en este texto? La oración del publicano se inspira en el Sal 50/51. Refleja una profunda desesperación que los oyentes de Cristo debían comprender perfectamente, porque, para ellos, la postración del publicano no tenía solución. ¿Cómo podría realmente obtener su perdón sin cambiar de oficio y sin reembolsar a todas las personas expoliadas por su actuación? Su caso es realmente desesperado; la justicia se le niega definitivamente.

Pues bien: la conclusión de Jesús se pronuncia contra la opinión de su auditorio: Dios es el Dios de los desesperados y el hombre que recibe la justicia es precisamente quien no tiene ningún derecho a ella (v. 14), puesto que ni siquiera ha reparado su falta.

Contraponiendo el «justo», que cree poder justificarse por sí mismo, a quien no puede obtener su justificación sino mediante el abandono en Dios (cf. Lc 16, 15; 14, 15-24; Mt 9,10-13), esta parábola prepara la teología paulina de la justificación que Dios concede a quienes no pueden justificarse a sí mismos (Rom 3, 23-25; 4, 4-8; 5, 9-21). Esta justificación se obtiene por medio de la cruz de Cristo (Rom 5, 19; 3, 24-25; Gál 2, 21) y el bautismo es su instrumento (Tit 3, 5-7; Rom 6, 1-14; Ef 4, 22-24).

MAERTENS-FRISQUE
NUEVA GUIA DE LA ASAMBLEA CRISTIANA VII
MAROVA MADRID 1969.Pág. 210

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO C)

EN EL DÍA DE LA CANONIZACIÓN DE NUESTRA HERMANA ISABEL DE LA TRINIDAD

Comentario a la Elevación de sor Isabel

Por el padre Eduardo Sanz, OCD

La Elevación a la Santísima Trinidad, compuesta en 1904, es el escrito más famoso de la beata Isabel de la Trinidad. Primero explico brevemente los cinco bloques que la componen, después recojo el texto para que nos sirva de oración en este día; por último recojo otro texto de la beata que nos ayuda a comprender mejor la Elevación.
1. Comienza con una invocación alDios trinitario, eterno e inmutable, anterior al tiempo y trascendente al tiempo, que nos quiere introducir en su misterio.
2. Continúa hablando con Cristo, Verbo encarnado por amor. Quizás nosotros habríamos empezado dirigiéndonos al Padre, origen de todo; pero ella es fiel a la revelación bíblica y sabe que lo que conocemos de Dios es porque Cristo nos lo ha revelado. Como fiel hija de santa Teresa de Jesús, sabe que todos los bienes nos han venido de la sacratísima humanidad de Cristo, por lo que es al primero que se dirige y al que dedica el párrafo más largo.
3. Viene después el Espíritu Santo, el que hizo posible la encarnación del Verbo en el vientre de María, al que pide que descienda sobre ella para que Jesús pueda prolongar su encarnación en ella, en su carne, en su humanidad, en su historia. Isabel intuye que podemos ser «encarnación» de Dios, prolongación de su presencia en el mundo, colaboradores suyos.
4. Tal como hace la liturgia cristiana, se dirige «por Cristo, en el Espíritu, al Padre», al que pide que la cubra con su sombra (=con su Espíritu), como hizo con la Virgen María en la encarnación, para que el Hijo se haga presente en ella.
5. Concluye como ha iniciado, dirigiéndose al Dios Trinidad, en el que quiere sumergirse, consciente de que Él habita en ella y de que ella habita en Él.

¡Oh Dios mío, Trinidad que adoro! Ayúdame a olvidarme de todo para establecerme en ti, inmóvil y pacífica, como si mi alma ya estuviera en la eternidad. Que nada pueda alterar mi paz, ni hacerme salir de ti, mi Inmutable, sino que cada minuto me introduzca más y más en la profundidad de tu misterio. Pacifica mi alma; conviértela en tu cielo, en tu residencia amada, y en el lugar de tu descanso. Que no te deje nunca más solo, que esté enteramente en ti, despierta en mi fe, en plena adoración, entregada del todo a tu acción creadora.

¡Oh Cristo amado mío, crucificado por amor! Quisiera ser una esposa para tu corazón; te quisiera cubrir de gloria; te quisiera amar… hasta morir de amor. Pero siento mi impotencia y te pido ser revestida de ti mismo, identificar mi alma con cada movimiento de la tuya, sumergirme en ti, ser invadida por ti, ser sustituida por ti para que mi vida no sea sino una irradiación de tu Vida. Ven a mí como Adorador, como Reparador, como Salvador. ¡Oh Verbo eterno, Palabra de mi Dios! Quiero pasar mi vida escuchándote; quiero que me enseñes para poderlo aprender todo de ti. Y luego, a través de todas las noches, de todos los vacíos, de todas mis impotencias, quiero fijar siempre la mirada en ti y morar en tu inmensa luz. ¡Oh Astro querido mío! Fascíname para que yo ya no pueda salir de tu esplendor.

¡Oh Fuego abrasador, Espíritu de amor! Desciende sobre mí para que en mi alma se realice como una encarnación del Verbo. Que yo sea para Él una humanidad suplementaria en la que renueve todo su misterio.

Y tú, oh Padre, inclínate sobre esta pobre criatura tuya, cúbrela con tu sombra, no veas en ella sino a tu Hijo predilecto en quien tienes tus complacencias.

¡Oh mis Tres mi Todo, mi Bienaventuranza, Soledad infinita, Inmensidad en que me pierdo! Me entrego a ti como víctima. Sumérgete en mí para que yo me pueda sumergir en ti hasta que vaya a contemplar en tu luz el abismo de tus grandezas.

Encontramos una confirmación y una exégesis de su oración en una carta escrita pocos días después, en la que vuelve a manifestar su deseo de ser «una humanidad suplementaria» en la que se prolongue el misterio de la encarnación del Verbo, de su presencia amorosa en el mundo, en medio de los hombres:

Dice san Agustín que “el amor, olvidándose de su propia dignidad, está sediento de ensalzar y engrandecer a la persona amada. Solo tiene una medida: no tener medida”. Yo pido al Señor que le colme a usted con esa medida sin medida, es decir, “conforme a la riqueza de su gloria”, y que el peso de su amor le arrastre hasta aquella feliz pérdida de la que habla el Apóstol cuando exclamaba: “Vivo yo, pero no soy yo: es Cristo quien vive en mí”. Este es el sueño de mi alma de Carmelita, y creo que este es también el de su alma de sacerdote. Y, sobre todo, ese es el sueño de Cristo, y a Él le pido que lo haga plena realidad en nuestras almas. Seamos para Él, en cierto modo, una humanidad suplementaria en la que Él pueda renovar todo su misterio. Yo le he pedido que se instale en mí como Adorador, como Reparador y como Salvador. Y no acierto a decirle qué paz produce en mi alma pensar que Él suple mi impotencia y que, si caigo a cada momento que pasa, Él está allí para levantarme y para introducirme más en Él, en lo hondo de esa esencia divina en la que habitamos ya por la gracia y donde quisiera sepultarme a tal profundidad que nada pudiese hacerme ya salir. Ahí mi alma se encuentra con la suya y, al unísono con ella, hago silencio para adorar a este Dios que nos ha amado de manera tan divina. […] Seamos almas sacrificadas, es decir veraces en nuestro amor: “¡Me amó hasta entregarse por mí!” (Cta. 214).

SOLEMNIDAD DE SANTA TERESA DE JESÚS

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“¡EN FIN, SEÑOR, SOY HIJA DE LA IGLESIA!”.

Día 4 de octubre del año 1582, jueves, fiesta de san Francisco de Asís, entre las 9 y 10 de la noche, moría en Alba de Tormes (Salamanca) la madre Teresa de Jesús. Por carambola del destino, al día siguiente, el calendario oficial saltó del 5 al 15, y desde entonces celebramos ese día su fiesta litúrgica. Aunque la muerte centra las fiestas -día de nacimiento a la vida para la tradición cristiana-, quiero reflexionar sobre un horizonte más amplio: el antes y el después. Y, sobre el fondo del cuadro, la imagen del Cristo amado en su pasión, muerte y resurrección, ella que asumió el destino de Jesús, como enseña al final de su Castillo interior. No por casualidad, sino por curioso destino, murió el día de san Francisco de Asís, el pobre y crucificado fundador de los frailes menores.

PASIÓN. La pasión de Teresa comenzó el día 2 de enero del año 1582, cuando se puso en camino para la fundación de Burgos, en pleno invierno abulense y castellano. Llegaron el 26, “vejezuela” y enferma, después de muchas peripecias y con peligro de ahogarse toda la comitiva en el camino. En Burgos, desesperante espera hasta que, con la bendición del arzobispo -¡por fin!-, el 19 de abril pudo inaugurarse la fundación. Lo que no cuenta la cronista Teresa es que, poco después de inaugurada, se desbordó el río Arlanzón y anegó la casa con peligro de perecer ahogadas las monjas.

Pero la estancia burgalesa fue el primer compás de un camino sin retorno hacia la muerte; la verdadera “pasión” comenzó en el camino de vuelta a su querida comunidad de Ávila donde había sido nombrada priora “por pura hambre”, como dice ella. Salió de Burgos el 26 de julio, sin la presencia protectora de su querido P. Gracián, que andaba lejos, en su Andalucía querida y que la había acompañado a la ida. Las escalas en Palencia, en Valladolid y Medina, fueron como las tres caídas de Cristo en el Vía Crucis camino del Calvario, que están bien documentadas en las fuentes históricas y narradas en cualquier biografía crítica.

Recibió malas noticias sobre P. Gracián en Palencia; tuvo problemas con la herencia de su hermano Lorenzo en Valladolid, soportando palabras agresivas de la suegra de su sobrino Francisco – “harto podrida me ha tenido y tiene”, escribe-; cara larga de la priora de Valladolid, su querida sobrina María Bautista, que se atrevió a dar consejos a la Fundadora y ésta la llamó sabihonda con palabras ácidas y lamentos al P. Gracián; y, en Medina, otra escena dolorosa, de desafección por parte de la priora, Alberta Bautista, a quien había corregido algún fallo y que aceptó mal causando  tal disgusto a la Madre que “no comió ni durmió sueño toda la noche”; y, a tanto llegó el disgusto, que -si nos atenemos a la crónica de Ana de San Bartolomé-, las echó de casa con violencia y sin víveres para el camino.

Con esa carga de cruces en el alma, quería encaminarse a su querida comunidad de Ávila. Pero allí mismo le llegó la voz de superior de turno: la esperaba la duquesa de Alba que estaba de parto y requería la presencia de Teresa como buen augurio. Llegó a Alba el 20 de septiembre.

MUERTE. La enferma llegó herida de muerte, pero todavía con fuerzas suficientes para mantenerse en pie durante diez días, resolviendo problemas de sus conventos y, quizá, soñando con la fundación de Madrid que no acababa de realizar; y de volver a su amada casita de San José de Ávila acompañada siempre de su querida enfermera Ana de San Bartolomé.

En los últimos momentos, poco a poco todo se desvanecía de su conciencia: el dolor de la ausencia lejana de su amado superior, el P. Gracián; los disgustos causados por sus queridas prioras que obraban con cierta independencia de su voluntad; las fundaciones que quedaban por hacer; las cartas de dirección espiritual a sus queridas hijas y hijos; las amistades innumerables, cercanas y lejanas, que se agolpaban en su memoria íntegra, los afanes y aventuras de deudos cercanos y lejanos, hasta su conventito de San José en Ávila.

Sin duda, le hubiese gustado conocer los versos de Juan de la Cruz para repetirlos y gustarlos mientras perdía la memoria de todo. “Quedéme y olvidéme /. El rostro recliné sobre el Amado /. Cesó todo y dejeme /, dejando mi cuidado / entre las azucenas olvidado”.

Y poco a poco, mientras se borraban de su memoria los intereses materiales de este mundo, quedaban en su horizonte mental y afectivo las dos grandes verdades de su vida: el TODO de Dios y la NADA de su ser de creatura. Y como una corte de angelitos revoloteaban en su alma los cuatro amores de su fe católica:

Primero, el Dios padre lleno de “misericordia” y de perdón, siempre fiel a sus promesas con ella y con la humanidad pecadora y santa.

Segundo, su amado Esposo Cristo; en ese momento, de cara ya a la eternidad, no alude a sus “méritos” personales, al “premio” de sus fatigas y trabajos, sino solo a la salvación “por los méritos de Cristo”, por su misericordia.

Tercero, el sentimiento de pertenencia a la Iglesia católica, como afirman los testigos presenciales en los Procesos de beatificación y canonización: “¡EN FIN, SEÑOR, SOY HIJA DE LA IGLESIA!”. Ella, que vivió de la Iglesia y sufrió a veces por su causa, mejor, por sus doctores y jerarcas, se reconcilió con ellos en la hora de su muerte.

Cuarto, la “sed de almas”, el deseo de salvar a las más posibles, la de los herejes luteranos en primer lugar, y después la de los gentiles de la lejana América y del Extremo Oriente. No consta en esos momentos el recuerdo de otros amores entrañables de su vida: el de la Virgen María, su querida madre y patrona de su Reforma  y el de su protector san José.

Al mismo tiempo, renacía, y se cumplía, el deseo infantil de “ver a Dios”, convertido ahora en la certeza de un encuentro en plenitud y “para siempre”. Con este bagaje espiritual, podía morir tranquila y decir a su Esposo Cristo: “Señor mío, ya es tiempo de caminar. Sea muy enhorabuena y cúmplase vuestra voluntad”.

Para revivir nosotros el drama de su muerte, recordemos los sentimientos que embargaron a su fiel servidora Ana de San Bartolomé, testigo excepcional que recogió su último suspiro e inició el coro de sollozos de las monjas de la comunidad de Alba.

“Y cuando murió la Santa, esto sentía como si le cortaran la vida, por el desamparo que le quedaba sin aquella compañía, y parecíame que más sentía yo su muerte que si yo muriera”. “Y, a la hora de morir, “me mostró tanta gracia y amor -escribe también Ana- que me tomó con sus manos y puso en mis brazos su cabeza; y allí la tuve abrazada hasta que expiró, estando yo más muerta que la misma Santa, que ella estaba tan encendida en el amor de su Esposo, que parecía no veía la hora de salir del cuerpo para gozarle”.

RESURRECCIÓN. Después de su muerte, quedó su cuerpo incorrupto, como glorioso vestigio de una persona resucitada y viviente. Pasaban los meses y los años y seguían los devotos frailes cortando reliquias de aquel cuerpo todavía sangrante, como si no quisiera morir del todo: el brazo, la mano, el corazón, el pie, etc.

Pero quedaron otros signos de “resurrección” del cuerpo muerto. Quedó vivo el cariño de su extensa familia en milagrosa expansión, sus hijas e hijos, sus amigas y amigos; todos la sentían cercana, como viviente entre ellos, más allá del fenómeno místico de las “visiones” físicas o imaginarias. Queda su caligrafía en muchos cientos de páginas, osamenta de sus enseñanzas, memoria viva de su persona, espejo de su alma, su principal reliquia. Queda su doctrina de maestra y doctora de la Iglesia, traducida en lenguas innumerables. Quedan sus discípulos que han difundido su vida y su saber. Queda la Iglesia que sigue pregonando su santidad. Y, finalmente, quedan los lectores de sus obras, meros curiosos de su portentosa personalidad y su obra escrita; y, la mayoría, “engolosinados” por la arcana ciencia de su vida mística o seducidos por el evangelismo y el humanismo de sus enseñanzas y el prodigio de su decir del castellano viejo.

Daniel de Pablo Maroto, Carmelita Descalzo.

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO C)

LECTURA ORANTE DEL EVANGELIO: Lucas 17,11-19

“Si vives arraigada en Jesucristo y firme en tu fe, vivirás dando gracias” (Isabel de la Trinidad).  

‘Jesús, maestro, ten compasión de nosotros’. 

El evangelio de hoy es un encuentro de oración. Todo parte de una necesidad reconocida, de la verdad. Unos leprosos piden compasión a Jesús, que va de camino a Jerusalén, La enfermedad les ha hecho mirarse a sí mismos y tomar conciencia de sus límites. .Jesús, que es compasión y ternura, se salta las normas y deja que se acerquen a Él. Se produce el encuentro. Ahora acercamos esta súplica a nuestra vida y entramos en esta historia de salvación y de ternura. Presentamos a Jesús nuestras heridas y las heridas de la humanidad para que las toque y nos cure. Jesús, ten compasión de nosotros. Acércate y toca nuestras heridas. Tócanos con tu amor.

Al verlos, Jesús les dijo: ‘Id a presentaros a los sacerdotes’. Mientras iban de camino, quedaron limpios.

Jesús los ve y les habla a cada uno. Los leprosos obedecen a Jesús, se echan al camino, se quedan solos con su palabra en el corazón. Mientras van de camino se produce la curación por la fuerza curativa de la palabra de Jesús. Quedan limpios, vuelven a la vida gracias a Jesús. La fe y la alegría se despiertan en ellos, ya no pueden olvidar quién los ha curado. Los leprosos nos enseñan a vivir con la palabra de Jesús dentro de nosotros. La palabra de Jesús nos limpia. ¡Qué alegría! Tu palabra, Jesús, sana nuestros pecados. Gracias.

Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. 

Para uno de los leprosos lo más importante no ha sido la curación, lo más grande ha sido el encuentro con Jesús. Ya no tiene sentido ir a ninguna parte. Solo quiere volver a Jesús, alabarle, darle gracias, amarle con todo el corazón, ponerse al servicio del Reino. En Jesús ha encontrado el mejor regalo de Dios, su cercanía le ha cambiado de verdad. Su gratitud es la más hermosa expresión de fe. Este leproso nos invita a acercarnos a Jesús, el Señor de nuestra vida, el que nos ama hasta el extremo y nos sana. La sanación puede ser ocasión y estímulo para iniciar una nueva relación con Dios, para darle gloria. Podemos pasar de la indiferencia a la fe, del rechazo a la acogida, de la duda a la confianza, del temor al amor. Esta es la hora para alabarle y bendecirle con inmenso gozo. No perdamos esta oportunidad. Espíritu Santo, haznos discípulos y misioneros de Jesús.

‘¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?

Los otros nueve no han comprendido el don, no han entrado en la fiesta de la gratuidad. En el fondo no quieren deber amor a nadie. Quieren seguir a solas consigo mismos. No aprecian la novedad de Jesús, Han sido curados de la lepra, pero siguen con la dureza del corazón. No han dejado que les toque la gracia. ¡Cuántas gracias recibidas en nuestra vida se han quedado sin agradecer! Con la ayuda del Espíritu queremos, hoy, poner las gracias recibidas al servicio de los demás. Aquí nos tienes, Señor. Lo que gratis hemos recibido lo queremos dar gratis.

‘Levántate, vete: tu fe te ha salvado’. 

El samaritano ha encontrado el sentido de la vida en Jesús. El agradecimiento le ha traído la salvación. Ahora puede comenzar una nueva vida, mirarlo todo con los ojos de Jesús, ser su testigo. Ya puede irse a recorrer un camino de libertad y de plenitud, de sanación plena. Siente que Jesús está con él. Sabe que Jesús es su fuente, su fuego, su amigo, su todo. Abrazado por Jesús, puede ir a las periferias ofreciendo compasión y ternura. Puede empezar a vivir con la fe de Jesús. Y nosotros, ¿tendremos el coraje de vivir como él? Creemos en ti, Jesús. La fe en ti nos salva. Gracias, Señor Jesús.

¡Feliz Domingo!

DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO C)

La reflexión que nos piden estas palabras es muy personal; es hora de «hacerle la revisión» a nuestra fe. No nos preocupemos por su tamaño, no importa que no sea vistosa y adornada. Lo que Jesús quiere es que sea viva y activa. Hay mucha gente que se preocupa por tener «dudas de fe»; y a veces estas dudas son signo de una fe que se hace preguntas, que quiere conocer, que desea aprender más. Hay dudas de fe que se parecen mucho a «dolores de crecimiento». El que no tiene fe de ningún tipo, tampoco tiene dudas; el que duda, al menos le da importancia a pensar en ello, y se interroga y se cuestiona.
Los niños pueden vivir con su fe sencilla e ingenua cuando son pequeños, pero en la vida de todo cristiano llegan momentos de reflexión que ponen en crisis aquello que se ha aprendido de pequeño. Muchos no encuentran en esos momentos a nadie que les ayude a pensar, que les enseñe que un cristiano también puede ser crítico y profundamente creyente; algunos incluso reciben un mensaje contrario, como si hubiese que creer sin hacerse preguntas. Dios mismo nos ha creado con capacidad de pensar, de preguntar, de investigar, para que vivamos más en profundidad, para que seamos más nosotros mismos, para que nos puedan manipular menos. No tendría sentido que Dios mismo pidiese una fe acrítica, vacía de contenido, sin reflexión.
Pero la fe no es sólo una actividad de la mente (que es necesaria), sino también la decisión de vivir de una determinada manera. En el capítulo anterior de su evangelio, el 16, Lucas nos ha interpelado para que aprovechemos las riquezas al modo de Jesús, siendo solidarios con los más pobres en vez de acumularlas. En los versículos precedentes, ya mencionados, nos habla del perdón.
¿Cómo es, por tanto, nuestra fe? ¿Le dedicamos tiempo a hacerla crecer? ¿Le damos importancia a vivir como Jesús nos pide? ¿Pensamos en su mensaje en las grandes decisiones de nuestra vida?

Por otra parte, en la parábola del siervo campesino hay una fuerte crítica a los que actúan para que Dios les recompense; como si quisiesen «comprarle» a Dios su gracia y su amor. La gracia, precisamente, es gratis; Dios nos da su amor porque nos lo quiere dar.
No podemos prometerle a Dios que haremos tal o cual cosa «a cambio» de algo que le pedimos. Tan sólo podemos mostrarle nuestro agradecimiento, pero no como un «precio» que le pagamos a Dios por el favor.
No podemos hacer ante él gestos que nos conviertan en sus preferidos, ni nuestras buenas obras tienen valor si son interesadas. Jesús enseña constantemente, con sus palabras y con sus gestos, que el amor de Dios es gratuito y desinteresado y que nuestro amor a él es simplemente el agradecimiento generoso de los hijos hacia su Padre.