DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO C)

La reflexión que nos piden estas palabras es muy personal; es hora de «hacerle la revisión» a nuestra fe. No nos preocupemos por su tamaño, no importa que no sea vistosa y adornada. Lo que Jesús quiere es que sea viva y activa. Hay mucha gente que se preocupa por tener «dudas de fe»; y a veces estas dudas son signo de una fe que se hace preguntas, que quiere conocer, que desea aprender más. Hay dudas de fe que se parecen mucho a «dolores de crecimiento». El que no tiene fe de ningún tipo, tampoco tiene dudas; el que duda, al menos le da importancia a pensar en ello, y se interroga y se cuestiona.
Los niños pueden vivir con su fe sencilla e ingenua cuando son pequeños, pero en la vida de todo cristiano llegan momentos de reflexión que ponen en crisis aquello que se ha aprendido de pequeño. Muchos no encuentran en esos momentos a nadie que les ayude a pensar, que les enseñe que un cristiano también puede ser crítico y profundamente creyente; algunos incluso reciben un mensaje contrario, como si hubiese que creer sin hacerse preguntas. Dios mismo nos ha creado con capacidad de pensar, de preguntar, de investigar, para que vivamos más en profundidad, para que seamos más nosotros mismos, para que nos puedan manipular menos. No tendría sentido que Dios mismo pidiese una fe acrítica, vacía de contenido, sin reflexión.
Pero la fe no es sólo una actividad de la mente (que es necesaria), sino también la decisión de vivir de una determinada manera. En el capítulo anterior de su evangelio, el 16, Lucas nos ha interpelado para que aprovechemos las riquezas al modo de Jesús, siendo solidarios con los más pobres en vez de acumularlas. En los versículos precedentes, ya mencionados, nos habla del perdón.
¿Cómo es, por tanto, nuestra fe? ¿Le dedicamos tiempo a hacerla crecer? ¿Le damos importancia a vivir como Jesús nos pide? ¿Pensamos en su mensaje en las grandes decisiones de nuestra vida?

Por otra parte, en la parábola del siervo campesino hay una fuerte crítica a los que actúan para que Dios les recompense; como si quisiesen «comprarle» a Dios su gracia y su amor. La gracia, precisamente, es gratis; Dios nos da su amor porque nos lo quiere dar.
No podemos prometerle a Dios que haremos tal o cual cosa «a cambio» de algo que le pedimos. Tan sólo podemos mostrarle nuestro agradecimiento, pero no como un «precio» que le pagamos a Dios por el favor.
No podemos hacer ante él gestos que nos conviertan en sus preferidos, ni nuestras buenas obras tienen valor si son interesadas. Jesús enseña constantemente, con sus palabras y con sus gestos, que el amor de Dios es gratuito y desinteresado y que nuestro amor a él es simplemente el agradecimiento generoso de los hijos hacia su Padre.

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