DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO

Se han dado muchas interpretaciones diferentes a la parábola del fariseo y del publicano; y, para no ser totalmente falsas, no van necesariamente hasta el fondo de las cosas. En primer lugar, se ha encontrado una nota escatológica sobre todo en razón del último versículo (v. 14b). El juicio último pondría de manifiesto la elevación de los humildes y la humillación de los orgullosos.

Sin embargo, este versículo es puesto con tanta frecuencia en labios de Cristo (Lc 14, 11; Mt 23, 12) que cabe considerarlo como una especie de estribillo que viene a rimar regularmente las principales enseñanzas del Señor.

Se ha querido ver igualmente en esta perícopa una lección sobre la oración, que debe ser humilde y no apoyarse en los méritos personales, sino sobre la iniciativa de Dios. Lucas habría relacionado así dos perícopas sobre la oración (18, 1-8 y 18, 9-14), con el fin de organizar un pequeño tratado eucológico. No es imposible que Lucas haya «releído» estos textos en este sentido, pero no se comprende entonces que haya subrayado, en el v. 9, el cambio de público como para diferenciar mejor los dos episodios.

De hecho, la parábola es primero y ante todo una lección: un pecador penitente es más agradable a Dios que un orgulloso que se cree justo (Lc 16, 15). Puede descubrirse, más allá de los dos personajes de la parábola, la oposición entre dos tipos de justicia: la del hombre que se concede a sí mismo un «satisfecit» personal cuando cree haber cumplido perfectamente sus obras, y la que Dios otorga al pecador que se convierte. El tema paulino de la justificación por la fe se encuentra ya esbozado en este relato (Rom 1-9 y Ef 2, 8-10). La oración que Cristo pone en labios del fariseo es un modelo que se vuelve a encontrar a veces en términos equivalentes en los documentos rabínicos contemporáneos: el orante no formula ninguna petición (¡lo que sería indigno!), sino solo palabras de gratitud por la certeza que tiene de encontrarse en el camino de la felicidad eterna. Al escuchar esta oración, los oyentes debían reconocer: ¿qué se puede criticar en este texto? La oración del publicano se inspira en el Sal 50/51. Refleja una profunda desesperación que los oyentes de Cristo debían comprender perfectamente, porque, para ellos, la postración del publicano no tenía solución. ¿Cómo podría realmente obtener su perdón sin cambiar de oficio y sin reembolsar a todas las personas expoliadas por su actuación? Su caso es realmente desesperado; la justicia se le niega definitivamente.

Pues bien: la conclusión de Jesús se pronuncia contra la opinión de su auditorio: Dios es el Dios de los desesperados y el hombre que recibe la justicia es precisamente quien no tiene ningún derecho a ella (v. 14), puesto que ni siquiera ha reparado su falta.

Contraponiendo el «justo», que cree poder justificarse por sí mismo, a quien no puede obtener su justificación sino mediante el abandono en Dios (cf. Lc 16, 15; 14, 15-24; Mt 9,10-13), esta parábola prepara la teología paulina de la justificación que Dios concede a quienes no pueden justificarse a sí mismos (Rom 3, 23-25; 4, 4-8; 5, 9-21). Esta justificación se obtiene por medio de la cruz de Cristo (Rom 5, 19; 3, 24-25; Gál 2, 21) y el bautismo es su instrumento (Tit 3, 5-7; Rom 6, 1-14; Ef 4, 22-24).

MAERTENS-FRISQUE
NUEVA GUIA DE LA ASAMBLEA CRISTIANA VII
MAROVA MADRID 1969.Pág. 210

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