DOMINGO IV DE ADVIENTO

LECTURA ORANTE DEL EVANGELIO: Mateo 1,18-24

Te bendecimos, Señor, Dios Altísimo, que te has despojado de tu rango por nosotros. Tú eres inmenso, y te has hecho pequeño; eres rico, y te has hecho pobre; eres omnipotente, y te has hecho débil” (Papa Francisco).

María esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.

Entramos en la admirable espera de María, para esperar con Ella la acción del Espíritu. La Navidad es fruto del Espíritu, danza inacabable de su ternura, paz para un mundo tan herido por la violencia. El Espíritu nos enseña a esperar a Jesús. Con su fuerza y alegría, consentimos que el misterio de amor de Jesús se encarne en nuestra vida y embellezca el mundo con su bondad. Nos abrimos sin temor a la acción del Espíritu, que nos ayuda a entender que “el Evangelio es el mensaje más hermoso que tiene este mundo” (Papa Francisco). Porque Dios se hace hombre por obra del Espíritu, el misterio último de la vida es un misterio de bondad, de bendición y de gracia. “Donde nace Dios, nace la esperanza. Donde nace Dios, nace la paz. Y donde nace la paz, no hay lugar para el odio ni para la guerra” (Papa Francisco).   

A José, su esposo… se le apareció en sueños un ángel del Señor.

Entramos en la admirable fe de José, para participar confiadamente en el misterio de Dios que se hace cercano en Jesús y todo lo hace bien, incomparablemente bien. No queremos quedarnos sin Misterio por dentro, no queremos una Navidad sin Jesús. En medio de la noche, como san José, acogemos a Jesús: lámpara de nuestra fe, bondad de Dios que aparece ante nuestros ojos. Más allá de nuestras lógicas humanas, abrimos la puerta a Jesús, que trae la más alta sabiduría. ”Que el Niño Jesús dé consuelo y fuerza a nuestros hermanos, perseguidos por causa de su fe en distintas partes del mundo” (Papa Francisco).  

Le pondrá por nombre Emmanuel, que significa ‘Dios con nosotros’.

Nos acercamos al icono de María para empaparnos del amor que Dios nos tiene, para entrar en la revolución de la ternura. Jesús es el Dios con nosotros, el Dios que habita nuestra interioridad. ¡Qué admirable cercanía! ¿Hay algo más bello y grande en esta vida? No estamos solos, no estamos perdidos en el mundo. Una corriente de amor, que atraviesa el tiempo y el espacio, viene a nuestro encuentro y toca lo más íntimo de nuestro ser. ¿Qué es  una Navidad sin nombrar a Jesús? Nuestra tristeza infinita solo se cura con un infinito amor. “Donde nace Dios, florece la misericordia, que sana las heridas y vence el mal” (Papa Francisco).   

Cuando José se despertó… se llevó a casa a su mujer.

Entramos en la casa de José y de María, la casa de la ternura y del perdón a manos llenas, la casa de la esperanza que colma todas nuestras fatigas, la casa de Jesús, manantial de alegría que mana sin cesar. Gracias a José y a María, también nosotros podemos llevar el misterio de Jesús a nuestra casa. Y al sentir cómo nos enamora y embellece, celebrar la Navidad con el gozo y la gratitud, la adoración y el anuncio misionero, la justicia y el servicio a los más pobres. “Donde nace Dios, nace la esperanza, y donde nace la esperanza, las personas encuentran la dignidad” (Papa Francisco).

¡Feliz Navidad!

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