DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO A)

Jesús, nuevo Moisés, “asume la ‘cátedra’ de la montaña” (Jesús de Nazaret, La Esfera de los Libros, 2007) y proclama “bienaventurados” los pobres de espíritu, los afligidos, los misericordiosos, los que tienen hambre de justicia, los limpios de corazón, los perseguidos (Cf. Mt 5, 3-10). No se trata de una nueva ideología, sino de una enseñanza que procede de lo alto y que toca a la condición humana, que el Señor, al encarnarse, quiso asumir para salvarla. Por este motivo, “el sermón de la montaña se dirige a todo el mundo, en el presente y en el futuro… y sólo puede ser comprendido y vivido en el seguimiento de Jesús, caminando con Él” (Jesús de Nazaret). Las Bienaventuranzas son un nuevo programa de vida para liberarse de los falsos valores del mundo y abrirse a los verdaderos bienes presentes y futuros. Cuando Dios consuela, sacia el hambre de justicia, enjuga las lágrimas de los afligidos, significa que, ademas de recompensar a cada uno de manera sensible, abre el Reino de los Cielos. “Las Bienaventuranzas son la transposición de la cruz y de la resurrección en la existencia de los discípulos” (ibídem). Reflejan la vida del Hijo de Dios que se deja perseguir, despreciar hasta la condena a muerte para dar a los hombres la salvación.

Un antiguo eremita afirma: “Las Bienaventuranzas son dones de Dios y tenemos que darle verdaderamente gracias por habérnoslas dado y por las recompensas que se derivan de ellas, es decir, el Reino de los Cielos en el siglo futuro, el consuelo aquí, la plenitud de todo bien y la misericordia de Dios…, cuando uno se ha convertido en imagen de Cristo sobre la tierra” (Pedro de Damasco, en Filocalia, volumen 3, Turín 1985, p. 79). El Evangelio de las Bienaventuranzas se comenta con la historia misma de la Iglesia, la historia de la santidad cristiana, pues –como escribe san Pablo– “Dios eligió lo que el mundo tiene por necio, para confundir a los sabios; lo que el mundo tiene por débil, para confundir a los fuertes; lo que es vil y despreciable y lo que no vale nada, para aniquilar a lo que vale” (1 Corintios 1, 27-28). Por este motivo, la Iglesia no tiene miedo de la pobreza, el desprecio, la persecución en una sociedad con frecuencia atraída por el bienestar material y por el poder mundano. San Agustín nos recuerda que “lo que ayuda no es sufrir estos males, sino soportarlos por el nombre de Jesús, no sólo con espíritu sereno, sino incluso con alegría” (De sermone Domini in monte, I, 5,13: CCL 35, 13).

Queridos hermanos y hermanas: invoquemos a la Virgen María, la bienaventurada por excelencia, pidiendo la fuerza de buscar al Señor (Cf. Sofonías 2, 3) y de seguirle siempre, con alegría, por el camino de las Bienaventuranzas.

BENEDICTO XVI

DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO C)

 Lectura orante del Evangelio: Mateo 4,12-23

“El Reino de Dios está próximo y ya podemos experimentar su potencia espiritual” (Papa Francisco).   

 Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea. 

 No hay miedo ni cobardía en esta decisión de Jesús; no se echa para atrás al conocer lo que han hecho con Juan. Al revés, su decisión es valiente, propia de quien quiere decir algo bueno y nuevo, que la gente necesita oír. Hay mucha libertad en esta opción de Jesús. En Galilea, tierra de gentiles, tan distante de la pureza religiosa de Jerusalén, va a comenzar Jesús el camino. Allí quiere mostrar la novedad del amor del Padre y comunicar la Buena Noticia. Y nosotros ¿qué hacemos? ¿Cómo queremos vivir? ¿Nos hace bien vivir la vida con Jesús? La oración tiene mucho de retirada a la interioridad, pero no para abandonar el camino sino para tomar impulso y salir con entusiasmo a anunciar la Buena Nueva. Espíritu Santo, danos valentía para emprender caminos nuevos, con alegría y libertad.   

Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún. 

Dejar caminos viejos, tomar caminos nuevos. Otra decisión de Jesús, muy meditada. En Cafarnaún, ciudad situada en una encrucijada de caminos, comienza a oírse la novedad del Reino. Deja lo conocido y se aventura en lo desconocido, se mete en medio de la gente. Es imposible pretender tener todo sin dejar nada. El que encuentra una perla de gran valor, vende lo que tiene para comprarla. Lo nuevo de Dios reclama espacios nuevos. Tener tiempo para Dios urge a tener tiempo para los demás. ¿Dónde nos situamos nosotros para comunicar la buena nueva de Jesús al mundo de hoy? Merece la pena dedicar tiempo a reflexionar esto, y hacerlo juntos, para tomar decisiones concretas. Espíritu Santo, danos lucidez para anunciar la Buena Nueva en los cruces de los caminos.  

Comenzó Jesús a predicar diciendo: ‘Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos’.

 Las palabras de Jesús resuenan en medio de la ciudad como un estallido de novedad y alegría. Está cerca el Reino, el amor está llamando a la puerta. Se puede vivir confiando en Dios, se puede cantar el amor que nos regala, es una suerte poder entrar en su proyecto de vida para todos. Es tanto lo que Jesús ofrece que se requiere conversión; lo nuevo que viene pide una nueva mentalidad. El Reino pide espacio en nuestro corazón. La novedad del Evangelio de Jesús tiene dentro tal novedad que es como si aún no la hubiéramos estrenado. Por eso, no da lo mismo vivir con Jesús y su Evangelio a no hacerlo. Espíritu Santo, orienta nuestra mirada hacia Jesús.

Paseando junto al lago de Galilea vio a dos hermanos… pescadores. Les dijo: ‘venid y seguidme’. 

Y los discípulos se van con Él a humanizar la vida. Arriesgan. Están dispuestos a seguirlo, “venga lo que viniere”. Jesús se convierte en el centro de sus vidas, en principio de unidad. El amor de Jesús les hace amigos entre sí. ¿Qué haremos nosotros? ¿Qué decisión se abre camino en nuestro corazón? No tengamos miedo. Jesús no está lejos de nosotros, está cerca, está dentro de nosotros. Espíritu Santo, regálanos la audacia de seguir a Jesús.  

DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO A)

Desde Jn. 1, 29 a Jn. 2, 11 nos encontramos ante una especie de tratado de la iniciación a la fe, que vale tanto como reflexión doctrinal sobre el catecumenado o sobre el nacimiento de una vocación.

En efecto, todo gira en torno a la palabra «ver». Hay que «ver» los sucesos, a las personas que nos rodean y hay que aprender a conocerlas. La verdad es que no se las conoce, están entre nosotros y no las vemos, o nos equivocamos respecto a lo que son (1, 32; 2, 9). Las vemos, pero no las miramos.

La primera condición de cualquier paso hacia la fe es ese sentido de observación de la gente y de las cosas: «Tú, ¿quién eres, qué dices de ti mismo?» (1, 19, 22). Pero una vez considerada esta pregunta no se le da una respuesta más que al final de una lenta conversión de la mirada, conseguida gracias a Dios.

Este es el itinerario de la fe de Bautista que, al principio, no conoce (1, 31, 33); después descubre a Jesús como Mesías, Cordero o servidor (1, 29, 32), y por fin lo descubre en su personalidad humana-divina (1, 34). También es este el camino que siguen Juan y Andrés (/Jn/01/33-39, Evang. 2 ciclo), que empiezan viendo a Jesús-Cordero (1, 36) y terminan por ver dónde mora (1, 39), es decir, por comulgar con su intimidad, con sus relaciones con el Padre. La vocación de Natanael tiene el mismo desarrollo: ve a Jesús como simple hijo de José, únicamente en la dimensión humana de su existencia (1, 43), después lo que ve como Mesías (1, 49), pero el camino no llegará a su fin hasta el día en que le vea en la cruz, Dios e Hijo del hombre al mismo tiempo, ensalzado y destrozado. Finalmente, María pasa por las mismas etapas: ve a su Hijo como un simple taumaturgo (Jn. 2, 1-11, Evang. 3er. ciclo) capaz de ayudar a sus amigos y percibe la gran distancia que la separa todavía de la fe en el Hijo muerto y resucitado en la hora de su gloria.

La fe del bautizado y la vocación del militante o del ministro arrancan, pues, del análisis de los sucesos y de las situaciones concretas y humanas. Pero tienden a interpretar estos hechos y a descubrir en el misterio pascual del Hombre-Dios el mejor significado que hay que dar a las cosas. Queda entonces penetrar «tras» (1, 37; 1, 43) este Hombre-Dios, o «atestiguarlo» (1, 34).

MIRADA/VOCACION: Encaminarse así, no obstante, no puede hacerse más que en el diálogo con Dios y abriéndose a su influencia. Juan lo subraya en varias ocasiones, mostrando cómo la mirada de Cristo sobre sus discípulos transforma la mirada de estos. Es esa mirada que cambia a Simón en Pedro (1, 42), que cambia de doctor de la ley en creyente a Natanael (1, 47-48). Progresar en la fe y en la vocación no se puede hacer, pues, más que recibiendo las cosas y las personas como dones de Dios; la vocación no es cosa nuestra, surge del encuentro y de la acogida.

 

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR

¿Cómo es posible que Jesús se acerque a este “bautismo”?

Los padres de la iglesia  resuelven este misterio de la siguiente forma:

Pseudo-Crisóstomo; Se expresa el oficio cuando se sigue: «Para que fuese bautizado por él». No para que él mismo recibiese el perdón de sus pecados por medio del bautismo, sino para dejar santificadas las aguas a los que se bautizasen después.

San Agustín; El Salvador quiso bautizarse no para adquirir limpieza para sí, sino para dejarnos una fuente de limpieza. Desde el momento en que bajó Cristo a las aguas, el agua limpia los pecados de todos.

Dicen además que quiso bautizarse, porque quiso hacer lo que nos manda hacer, para que como buen maestro no sólo nos enseñase con su doctrina, sino también con su ejemplo.

Por esta razón quiso ser bautizado por San Juan: para que sepan sus siervos con cuánta alegría deben correr al bautismo del Señor, al ver como El no ha desdeñado recibir el bautismo del siervo.

San Juan Crisóstomo agrega: Porque el bautismo de Juan era de arrepentimiento, y llevaba consigo la confesión de las culpas, pero para que no hubiese alguien que creyese que Cristo había venido a bautizarse por esta causa, el Bautista dijo al que venía: “Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti, ¡y eres tú el que viene a mi encuentro!”. Como si dijese: Está bien que tú me bautices, esta razón es idónea (para que yo también sea justo, y me haga digno del cielo). Pero ¿qué razón hay para que yo te bautice? Todo lo bueno baja del cielo a la tierra y no sube de la tierra al cielo.

San Hilario, señala: Por último, el Señor no pudo ser bautizado por Juan como Dios, pero enseña que debe bautizarse como hombre. De donde se sigue que respondiéndole Jesús, le dice: “Ahora déjame hacer esto”

San Jerónimo: «Y hermosamente responde: «Déjame ahora», para manifestar que Cristo debía ser bautizado por San Juan en el agua, y San Juan ser bautizado por Cristo en espíritu. O de otro modo: «Déjame ahora», para que quien ha tomado la forma de siervo, manifieste su humildad. Sé consciente de que tú habrás de ser bautizado con mi bautismo en el día del juicio. O, «déjame ahora», dice el Señor, porque tengo otro bautismo con el cual habré de ser bautizado. Tú me bautizas en agua para que yo te bautice por mí en tu sangre.”

Apenas fue bautizado, Jesús salió del agua. En ese momento, se abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia él.”

El Señor nos ha concedido el lavado del bautismo con la inmersión de su cuerpo, y en ello nos ha demostrado que puede abrirnos las puertas del cielo cuando recibimos el bautismo, y concedernos el Espíritu Santo.

Y se oyó una voz del cielo que decía: “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección”.

La voz del Padre que baja del cielo para proclamar a Cristo, en Mateo se dirige al “pueblo,” en cambio, en san Marco y en san Lucas se dirige a él (Jesús), mientras que en Juan esta voz no aparece ni se dirige a nadie; solamente se da el descenso de la “paloma” como “contraseña” a Juan de que Cristo es el Mesías.

El “se abrieron los cielos» es un elemento escenográfico para dar lugar, plásticamente, al paso de la “paloma” y a la “voz” del Padre. Al abrirse los cielos, en el contexto penitencial del Bautista, indica que Dios baja para iniciar el tiempo salvador prometido.

Como una paloma. Esta forma dé “como” aparece en los tres sinópticos e incluso en Jn (1:32). La paloma aparece en la literatura bíblica y extra-bíblica simbolizando diversas cosas. Pero sugerido por el pasaje de Génesis en el que el Espíritu de Dios se “cernía” sobre las aguas, la paloma vino a ser símbolo del Espíritu Santo.

La voz del Padre. Esta proclama a Cristo “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección”. La frase la traen los tres sinópticos. Se dice que ese Hijo es “el Amado” por excelencia. “El Amado no indica que Jesús sea el primero entre los iguales, sino que indica una ternura especial; en el Antiguo Testamento, se dice que no hay gran diferencia entre “amado” y “único”. Es muy probable que aquí “el Amado” pueda ser equivalente del “Único,” o mejor, del “Unigénito,” puesto que habla el Padre. En el Nuevo Testamento, ese término se reserva al Mesías.

El “en quien tengo puesta toda mi predilección”, Es el gozo del Padre en su Hijo encarnado, en su Mesías.

Dice San Agustín: Esta obra es la de toda la Trinidad. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, existen en una misma esencia, sin diferencias de tiempo ni de lugares. En estas palabras se distinguen el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo y no puede decirse que se presenten en una misma esencia. En cuanto a lo que se dice visiblemente en las sagradas letras, aparecieron separadamente en cuanto a los espacios que cada persona ocupaba. Desde luego se sabe que la Santísima Trinidad se conoce en sí misma inseparable, pero se puede mostrar separadamente por medio de aspectos materiales. Que sea sólo la voz propia del Padre, se demuestra por las palabras que dijo: Este es mi Hijo.

El Padre, pues, ama al Hijo, como un buen padre, por eso dice; “en quien tengo puesta toda mi predilección” Este es mi Hijo, para que se indicase especialmente a aquellos que oían, que Aquél mismo era el Hijo de Dios.

Por comprender esto, Gracias Señor