DOMINGO VIII DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO A)

Un corazón ocupado por el afán de poseer, es un corazón lleno de este anhelo de poseer pero vacío de Dios. Por ello Jesús advirtió en más de una ocasión  a los ricos, porque es grande su riesgo de poner su propia seguridad en los bienes del mundo, y la seguridad definitiva está en Dios. En un corazón poseído por las riquezas, todo está ocupado por las riquezas, no hay sitio para la fe. Si, en cambio, se a Dios el sitio que le corresponde, es decir, el primero, entonces su amor conduce a compartir también las riquzas, a ponerlas al servicio  de proyectos de solidaridad y de desarrollo, como demuestran tantos ejemplos, incluso recientes, en la historia de la Iglesia. Y así la Providencia de Dios pasa a través de nuestro servicio a los demás, nuestro compartir con los demás.

Papa Francisco 2 de marzo de 201,4

DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO A)


NO A LA GUERRA ENTRE NOSOTROS

Los judíos hablaban con orgullo de la Ley de Moisés. Según la tradición, Dios mismo la había regalado a su pueblo. Era lo mejor que habían recibido de él. En esa Ley se encierra la voluntad del único Dios verdadero. Ahí pueden encontrar todo lo que necesitan para ser fieles a Dios.

También para Jesús la Ley es importante, pero ya no ocupa el lugar central. Él vive y comunica otra experiencia: está llegando el reino de Dios; el Padre está buscando abrirse camino entre nosotros para hacer un mundo más humano. No basta quedarnos con cumplir la Ley de Moisés. Es necesario abrirnos al Padre y colaborar con él para hacer la vida más justa y fraterna.

Por eso, según Jesús, no basta cumplir la Ley, que ordena «no matarás». Es necesario, además, arrancar de nuestra vida la agresividad, el desprecio al otro, los insultos o las venganzas. Aquel que no mata cumple la Ley, pero, si no se libera de la violencia, en su corazón no reina todavía ese Dios que busca construir con nosotros una vida más humana.

Según algunos observadores, se está extendiendo en la sociedad actual un lenguaje que refleja el crecimiento de la agresividad. Cada vez son más frecuentes los insultos ofensivos, proferidos solo para humillar, despreciar y herir. Palabras nacidas del rechazo, el resentimiento, el odio o la venganza.

Por otra parte, las conversaciones están a menudo tejidas de palabras injustas que reparten condenas y siembran sospechas. Palabras dichas sin amor y sin respeto que envenenan la convivencia y hacen daño. Palabras nacidas casi siempre de la irritación, la mezquindad o la bajeza.

No es este un hecho que se dé solo en la convivencia social. Es también un grave problema en el interior de la Iglesia. El papa Francisco sufre al ver divisiones, conflictos y enfrentamientos de «cristianos en guerra contra otros cristianos». Es un estado de cosas tan contrario al Evangelio que ha sentido la necesidad de dirigirnos una llamada urgente: «No a la guerra entre nosotros».

Así habla el papa: «Me duele comprobar cómo en algunas comunidades cristianas, y aun entre personas consagradas, consentimos diversas formas de odios, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, deseos de imponer las propias ideas a costa de cualquier cosa, y hasta persecuciones que parecen una implacable caza de brujas. ¿A quién vamos a evangelizar con esos comportamientos?». El papa quiere trabajar por una Iglesia en la que «todos puedan admirar cómo os cuidáis unos a otros, cómo os dais aliento mutuamente y cómo os acompañáis».

José Antonio Pagola

SEMANA V DEL TIEMPO ORDINARIO. (CICLO A)

Jesús nos dice directamente: Ustedes son la sal de la tierra y la luz del mundo (Mt. 5,13a.14a). Es decir, ustedes pueden dar sabor a la existencia, poner un toque mágico y especial a la rutina de la vida. Ustedes son lámparas encendidas que pueden poner brillo donde esté disminuida la alegría o se esté perdiendo la esperanza.

Qué básica la sal. Bien utilizada sirve para proteger los alimentos de la corrupción, da sabor a la comida, sirve para curtir y macerar. Qué simple y sencilla la luz y cómo invade todos los espacios, penetrando en cualquier rincón para que haya claridad, calor y color. Una buena luz es capaz de despertar amaneceres nuevos.

Cuando una persona tiene sal dentro de sí, posee una fuerza atractiva que es capaz de sembrar ilusión en quienes ya nada esperan. Cuando se tiene luz, hay una energía vivificadora que es capaz de sacar a la gente de los abismos de la muerte. Que seamos sal y luz no es otra cosa que dar a los demás la vida que llevamos por dentro.

Quien vive replegado sobre sí, pendiente de su propio amor, querer e interés, se vuelve insípido y mata su luz interior. Se cierra a la posibilidad de aportar a los demás. Es como sal desvirtuada o necia, que perdió su capacidad de sazonar. O como lámpara escondida, sin brillo, que perdió la fuerza de alumbrar.

Necesitamos ser sal en nuestras casas, trabajos, comunidades y en nuestra sociedad. Sal que haga duradera la familia, la dignidad, la justicia, la paz. Necesitamos ser luz que devuelva la alegría a los tristes, la salud a los enfermos, la compañía al que está sólo. Luz para erradicar la pobreza, la violencia y la maldad. Luz que abra caminos de autenticidad.

Que nuestra sal se manifieste a través de gestos de servicio, cercanía y respeto, que ayuden a las personas a caminar sin miedo. Y que nuestra luz haga encender de nuevo el deseo de vivir a quien se esté cayendo.

Anoche cuando dormía
soñé ¡bendita ilusión!
que una fontana fluía
dentro de mi corazón.
Dí: ¿por qué acequia escondida,
agua, vienes hasta mí,
manantial de nueva vida
en donde nunca bebí?

Anoche cuando dormía
soñé ¡bendita ilusión!
que una colmena tenía
dentro de mi corazón;
y las doradas abejas
iban fabricando en él,
con las amarguras viejas,
blanca cera y dulce miel.

Anoche cuando dormía
soñé ¡bendita ilusión!
que un ardiente sol lucía
dentro de mi corazón.
Era ardiente porque daba
calores de rojo hogar,
y era sol porque alumbraba
y porque hacía llorar.

Anoche cuando dormía
soñé ¡bendita ilusión!
que era Dios lo que tenía
dentro de mi corazón.

Antonio Machado