SEMANA V DEL TIEMPO ORDINARIO. (CICLO A)

Jesús nos dice directamente: Ustedes son la sal de la tierra y la luz del mundo (Mt. 5,13a.14a). Es decir, ustedes pueden dar sabor a la existencia, poner un toque mágico y especial a la rutina de la vida. Ustedes son lámparas encendidas que pueden poner brillo donde esté disminuida la alegría o se esté perdiendo la esperanza.

Qué básica la sal. Bien utilizada sirve para proteger los alimentos de la corrupción, da sabor a la comida, sirve para curtir y macerar. Qué simple y sencilla la luz y cómo invade todos los espacios, penetrando en cualquier rincón para que haya claridad, calor y color. Una buena luz es capaz de despertar amaneceres nuevos.

Cuando una persona tiene sal dentro de sí, posee una fuerza atractiva que es capaz de sembrar ilusión en quienes ya nada esperan. Cuando se tiene luz, hay una energía vivificadora que es capaz de sacar a la gente de los abismos de la muerte. Que seamos sal y luz no es otra cosa que dar a los demás la vida que llevamos por dentro.

Quien vive replegado sobre sí, pendiente de su propio amor, querer e interés, se vuelve insípido y mata su luz interior. Se cierra a la posibilidad de aportar a los demás. Es como sal desvirtuada o necia, que perdió su capacidad de sazonar. O como lámpara escondida, sin brillo, que perdió la fuerza de alumbrar.

Necesitamos ser sal en nuestras casas, trabajos, comunidades y en nuestra sociedad. Sal que haga duradera la familia, la dignidad, la justicia, la paz. Necesitamos ser luz que devuelva la alegría a los tristes, la salud a los enfermos, la compañía al que está sólo. Luz para erradicar la pobreza, la violencia y la maldad. Luz que abra caminos de autenticidad.

Que nuestra sal se manifieste a través de gestos de servicio, cercanía y respeto, que ayuden a las personas a caminar sin miedo. Y que nuestra luz haga encender de nuevo el deseo de vivir a quien se esté cayendo.

Anoche cuando dormía
soñé ¡bendita ilusión!
que una fontana fluía
dentro de mi corazón.
Dí: ¿por qué acequia escondida,
agua, vienes hasta mí,
manantial de nueva vida
en donde nunca bebí?

Anoche cuando dormía
soñé ¡bendita ilusión!
que una colmena tenía
dentro de mi corazón;
y las doradas abejas
iban fabricando en él,
con las amarguras viejas,
blanca cera y dulce miel.

Anoche cuando dormía
soñé ¡bendita ilusión!
que un ardiente sol lucía
dentro de mi corazón.
Era ardiente porque daba
calores de rojo hogar,
y era sol porque alumbraba
y porque hacía llorar.

Anoche cuando dormía
soñé ¡bendita ilusión!
que era Dios lo que tenía
dentro de mi corazón.

Antonio Machado