DOMINGO II DE CUARESMA (CICLO A)

Ante este evangelio, el de la Transfiguración, es justo que muchos nos sintamos maravillados ante la gloria de Dios que Jesús nos manifiesta y que la palabra del Padre nos corrobora, que meditemos en ello y que deseemos verlo con nuestros propios ojos.

Pero yo lo veo, además, de otra manera: Jesús se sigue transfigurando en nuestras vidas, sigue mostrándonos su gloria, pero la verdadera, la que él da a su Padre, la del amor total, la del amor que se entrega cada día al enfermo, al desvalido, al agobiado, al desahuciado, al odiado, porque si esto no fuera transfiguración ¿de qué manera podríamos hacerlo?, ¿con nuestras propias fuerzas, por nuestra voluntad? ¿Por qué vendrían a nosotras esas personas que buscan una palabra de aliento, una esperanza, una oración?

Sólo la luz que Jesús con su palabra va dejando en nuestros corazones es la que hace la transfiguración de nuestras almas y la que hace que nos convirtamos en otras personas a los ojos de los demás.

La Santa Madre Teresa de Jesús tenía razón, sabía de lo que hablaba: «mire que le mira» porque el mirar de Jesús nos transforma.

 

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