DOMINGO DE RAMOS

Un año más vivimos esta gran semana del cristianismo, el recordatorio de la entrega de Jesús en la cruz para que nuestros pecados fueran perdonados y alcanzáramos la vida que un día Adán nos arrebató.

Un año más en el que a nuestro alrededor se oye la noticia de un atentado terrorista allí, de una bomba allá, de dos grandes potencias que pueden provocar una guerra nuclear; un año más en que muchas personas sufren hambre, abandono, desolación, discriminación; un año más en que miramos nuestras vidas inmersas en esa vorágine del mundo rápido de hoy.

Y, entonces, ¿qué me dice a mí el que Jesús «siendo de condición divina, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho obediente hasta la muerte y una muerte de cruz»?

Mi respuesta a esta pregunta deberá ser la de Isaías: «El Señor Dios me abrió el oído; y yo no me resistí ni me eché atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba. No escondí el rostro ante ultrajes y salivasos. El Señor Dios me ayuda , por eso no sentía los ultrajes; por eso ofrecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaré defraudado».