DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO A)

El evangelio de hoy tiene dos partes: 1. el riesgo de perder todo lo propio y ganar la vida en Cristo (37-39, también la segunda lectura); 2. El riesgo de aceptar el más mínimo don que nos sea ofrecido por Dios para recibir a Dios en él (40-42, también la primera lectura).

1. El riesgo de perder todo lo propio.

En Cristo, Dios da todo al hombre; de ahí la exigencia de renunciar a todo lo propio para dejar a este «Uno y Todo» el espacio que necesita. La conciencia que el propio Jesús tiene de ser este «Uno y Todo» es ciertamente sorprendente: «El que quiere a su padre o a su madre o a su hijo más que a mí…, el que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí». La exigencia incluye expresamente el camino de la cruz: el que no está dispuesto a acompañar a Jesús en este camino es que no ha arriesgado todo. Porque es precisamente ahí donde adquiere toda su seriedad la sentencia final, que habla de «perder la propia vida», y esto no en el sentido de una ley natural de la vida (como el «muere y realízate» de Goethe), sino que se añade expresamente «por mi causa», lo que en el fondo significa: un morir y un perder tan definitivo que excluye toda previsión tácita de recuperar lo que se ha perdido.

2. Morir, para vivir para Dios.

Pablo muestra, en la segunda lectura, que este morir y ser sepultado con Cristo incluye la esperanza de resucitar a una nueva vida en Cristo para Dios; pero en esta esperanza queda excluido todo cálculo de recuperar lo que se ha perdido. Sólo el «hombre viejo» podría permitirse semejante cálculo; pero nosotros, al morir con Cristo, nos convertimos en hombres nuevos sobre los que la muerte (y todo pensamiento egoísta pertenece a la muerte) no tiene ya ningún poder. Cristo murió «al pecado¦> no solamente porque le quitó definitivamente el poder que ejercía sobre el mundo, sino también porque así le privó de todo poder sobre los hombres; él vive, pero «para Dios», en la entrega más incondicional a Dios y a su voluntad de salvación con respecto al mundo. En el mismo sentido se exige también de nosotros, como muertos al pecado, que «vivamos para Dios en Cristo Jesús»; es decir, que, con los mismos sentimientos que tuvo Cristo, procuremos ponernos a su disposición para la obra de salvación de Dios en el mundo. En esta disponibilidad ganaremos nuestra vida en el sentido del Señor, perdiendo todo egoísmo calculador.

3. La acogida de «uno de estos pobrecillos».

Cuando alguien está dispuesto -como se exige en la segunda parte del evangelio- a recibir a un enviado de Dios, sea éste un «profeta», un «justo» o simplemente un «pobrecillo discípulo» de Cristo (¿y quién no es uno de estos «pobrecillos»?), participa de su gracia. Esto debe saberlo tanto el que acoge como el que es acogido. Este último irradia algo de la gracia de su misión siempre que se le da la oportunidad de hacerlo. La primera lectura nos ofrece un maravilloso ejemplo de ello: la mujer sunamita, que invita a su casa al profeta Eliseo e incluso le prepara una habitación permanente en ella, recibe de él lo que menos podía esperar: un hijo, aunque su marido era ya viejo. La fecundidad de la misión profética se expresa aquí, veterotestamentariamente, en esa fecundidad corporal de la mujer que acoge. En la Nueva Alianza el don puede ser el de una fecundidad espiritual aún mayor.

HANS URS von BALTHASAR
LUZ DE LA PALABRA

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