DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)

Te doy gracias, Señor, porque le das a conocer tu misterio a los pequeños, a los humildes y no a los maestros de la ley o a los poderosos; haciendo esto nos acojes también a nosotros en este círculo selecto de tus discípulos y nos haces grandes porque nos revelas tu indentidad.

Que aprendamos todos a conocerte de verdad en la eucaristía y en la oración y que te compartamos con los que no te conocen o se han alejado de ti corriendo tras ídolos que sólo les producen tristeza y soledad.

Ayúdanos, Jesús, a ser fieles hijos de la Iglesia, a buscar todos juntos el bien y vivirlo dentro de ella, para que todos nos reconozcan como hijos del Padre.

DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)

Las lecturas de este domingo debieran ser sumamente alentadoras para todos, pues en las tres se nos anuncia que la salvación es para todos, que Jesús murió por todos porque a todos nos quiso devolver a la gracia del Padre; a eso vino. Sólo nos pide una cosa: creer en Él, como dice Isaías y como hizo la cananea.

Cantemos, pues, con el salmista:

SALMO 66

«Aclamad a Dios toda la tierra;

cantad la gloria de su nombre,

tributadle su gloriosa alabanza;

decid a Dios: «Tus obras son maravillosas».

Por la grandeza de tu poder tus enemigos ante ti se rinden;

toda la tierra se prosterna ante ti,

canta para ti, canta a tu nombre.

Venid y ved las proezas de Dios,

las maravillas que ha hecho por los hombres.

Él convirtió el mar en tierra firme,

y el río atravesaron a pie enjuto;

con su poder gobierna eternamente,

con sus ojos vigila a las naciones,

para que no se subleven los rebeldes.

Pueblos, bendecid a nuestro Dios,

proclamad a plena voz sus alabanzas;

él nos conserva la vida y

no permite que tropiecen nuestros pies.

Sí, oh Dios, tú nos pusiste a prueba,

nos pasaste por el crisol, como la plata;

nos hiciste caer en el lazo,

nos echaste a las costillas una carga pesada,

dejaste que cabalgaran sobre nuestras cabezas,

anduvimos a través de agua y fuego,

pero, al fin, nos hiciste recobrar aliento.

Entraré con holocaustos en tu casa,

cumpliré mis promesas,las que mis labios formularon,

las que en la angustia formuló mi boca.

Te ofreceré pingües holocaustos,

con la fragancia de carneros, te ofreceré toros y cabritos.

Fieles del Señor, venid a escuchar, os contaré lo que él hizo por mí.

Mi boca lo llamó y mi lengua lo ensalzó.

Si hubiera alguna culpa en mi conciencia, el Señor no me habría escuchado;

pero Dios me ha escuchado, ha atendido la voz de mi plegaria.

Bendito sea Dios, que no ha rechazado mi plegaria ni me ha retirado su misericordia.»

 

FIESTA DE LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR. Domingo XVIII del T.O.

Como en estos días hemos estado leyendo el Génesis, y últimamente, los relatos  en los que se cuenta cuan resplandeciente era el rostro de Moisés cada vez que salía de hablar con Dios, pienso en este resplandor de su persona que Jesús permite que los discípulos vean.

Pero en este caso no es un resplandor reflejado, recibido; aquí es la misma belleza del rostro de Dios, confirmada por el Padre desde la nube, y que Jesús en su entrega total, comparte con los discípulos.

A nosotros, hombres y mujeres de este tiempo también nos llega este resplandor de Dios a través de la oración, de acercarnos a Jesucristo en nuestro corazón, de compartir su vida en la nuestra. Y mientras hacemos esto, también nosotros nos transfiguramos, nos convertimos en otras personas que saben amar a los que los odian, que perdonan a los que los ofenden, que se sienten felices cuando los humillan, porque ya no vivimos nosotros, sino Cristo.