SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR

Comentario del Evangelio por: Beato Guerrico de Igny
(1080-1157), abad cisterciense
Sermón 3º para Navidad; SC 166
“Y el Verbo se hizo carne”
“Porque un niño nos ha nacido » (Is 9,5). Sí, verdaderamente por nosotros,
porque esto no es por él, ni por los ángeles. En absoluto por él: este nacimiento en
efecto no le daba la existencia ni se la mejoraba, ya que, antes de nacer en el
tiempo, él mismo existía desde toda eternidad y poseía la felicidad perfecta, Dios
nacido Dios (cf Credo)…
Siendo Dios nacido de Dios, se hizo niño por nosotros. En cierto modo, él mismo
se separaba y atravesaba de un salto a los ángeles para venir hasta nosotros y
hacerse uno de nosotros. «Anonadándose» y descendiendo por debajo de los
ángeles (He 2,7), se hizo igual a nosotros. Mientras que por su nacimiento eterno,
era su propia felicidad y la de los ángeles, por su nacimiento en este mundo por
nosotros, se hizo nuestra redención, porque nos veía penar solos bajo el pecado
original de nuestro propio nacimiento.
Jesús niño, tu nacimiento es nuestra felicidad: ¡digno de nuestro amor! Endereza
nuestro nacimiento, restaura nuestra condición, elimina nuestras heridas, cancela la
sentencia que condenaba nuestra naturaleza (Col. 2,14). En lo sucesivo los que se
afligían por un nacimiento que les presagiaba pena y dolor, ahora pueden renacer
colmados de felicidad. Porque «a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de
Dios» (Jn 1,12)…
¡Por tu natividad, eres a la vez Dios e hijo del hombre! Por ella «tenemos acceso
a esta gracia en la cual nos encontramos, y nos gloriamos en la esperanza de la
gloria” de hijos de Dios (Rm 5,2). ¡Qué admirable intercambio! Asumiendo nuestra
carne, nos regalas tu divinidad; vaciado de ti mismo, nos colmaste.