DOMINGO X DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo B)

¿Por qué se aglomeraba tanta gente a su alrededor? ¿Por qué los escribas sentían tan gran necesidad de desacreditarlo? ¿Por qué no se perdona la blasfemia contra el Espíritu Santo?

Estas son las preguntas que me hago a mí misma cuando leo este evengelio y , poniéndome en el lugar de esta gente, me digo ¿Cómo no estar buscando al Hijo de Dios cuando lo sabemos cerca, cuando nos han contado de sus milagros, cuando lo vemos arremeter contra quienes imponen cargas pesadas contra nosotros? Es imperiosa la necesidad de acudir a él, de verle, de tocarlo, de escuchar su voz porque de  «él viene la paz, la redención copiosa».

Los pobres escribas, por su parte, se veían desplazados, desposeídos de sus honores, echados a un lado; por eso no podían más que desacreditarlo, y es esta última, una actitud muy conocida nuestra en estos tiempos que vivimos: cuando algo o alguien no nos conviene porque nos descoloca, porque dice la verdad de lo que somos, lo desacreditamos, le hacemos pasar por loco.

Por eso, sólo dejándonos llevar por el Espíritu Santo, sabremos distinguir al que dice la verdad, sabremos discernir sobre nuestras propias vidas, sabremos buscar lo que de verdad nos conviene. No se puede perdonar la blasfemia contra el Espíritu Santo, porque sin él ¿qué seríamos?

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