DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo B)

Cada viernes nos reunimos todas las monjas para celebrar la Lectio , para compartir nuestra oración, nuestra meditación sobre el evangelio del domingo.

Esta semana el evangelio era muy sugestivo: la multiplicación de los panes. Muchas cosas se dijeron, todas profundas, todas revelando el pensamiento o el deseo de cada persona.

Pero hubo una idea que me gustó mucho, en la que todavía estoy pensando.

Comenzó peguntándose cómo los apóstoles supieron que había un chico con cinco panes y unos pocos pescados, y se vio en esto el deseo de  los hombres de corazón recto de ayudar al Señor; pero lo más importante, cómo aunque no podamos hacer milagros, sí podemos ser mediadores de ellos; esto es, podemos mirar a nuestro alrededor para buscar lo necesario y también para ver la necesidad, podemos proponer soluciones a problemas, podemos preguntar al Señor ¿por qué no nos ayudas?; de esta forma ya estaremos provocando el milagro, porque donde hay un corazón inquieto por el bienestar de los demás y por obedecer al mandamiento de Jesús, siempre habrá una respuesta milagrosa.

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo B)

San Zenón de Verona, obispo

Sermón Sobre la esperanza, la fe y la caridad, 9: PL 11,278.

¡Oh caridad, qué buena y qué rica eres! ¡Qué poderosa! Nada posee el que no te posee. Tú sola has sabido hacer de Dios un hombre. Tú le has hecho humillarse y alejarse por un tiempo de su inmensa majestad. Tú lo has retenido prisionero nueve meses en el seno de la Virgen. Tú has sanado a Eva en María, Tú has renovado a Adán en Cristo. Tú has preparado la cruz para salvación de un mundo ya perdido…

Oh amor, tú eres quien, para vestir al desnudo, consientes en tu propia desnudez. Por ti, el hambre es un manjar suculento, si el hambriento ha comido tu pan. Tu fortuna se la has concedido entera a la misericordia. Tú no sabes hacerte rogar. Socorres al instante a los oprimidos, cualquiera que sea su apuro. Tú eres ojo para el ciego, pie para el cojo, escudo fidelísimo para la viuda y los huérfanos…Tú amas de tal manera a tus enemigos, que nadie percibe la diferencia entre este amor y el de tus amigos.

Tú eres, oh caridad, la que unes los misterios celestes a las cosas humanas, y los misterios humanos a las cosas celestes. Tú eres la guardiana de todo lo divino. Tú gobiernas y ordenas en el Padre. Tú eres quien te obedeces a ti misma en el Hijo. Tú eres la que gozas en el Espíritu Santo. Porque eres una en las tres personas, no puedes ser dividida… Brotando de la fuente que es el Padre, te derramas entera en el Hijo sin salir del Padre. Con todo derecho se dice «Dios es Amor» (1Jn 4,16), porque sólo tú guías el poder de la Trinidad.

SOLEMNIDAD DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN DEL MONTE CARMELO

Muchas son las advocaciones con las que invocamos a María. La Virgen del Carmen ha sido una de las devociones más populares durante setecientos años. Muchos cristianos se han sentido protegidos por María con el Escapulario. El escapulario es un signo especial de la protección de María, madre y hermana nuestra. El Escapulario del Carmen nos compromete a vivir como María, a ser personas orantes, a estar abiertos a Dios y a las necesidades de los hermanos.

María fue la favorecida de Dios, la «llena de gracia». Sabía que el Señor estaba con ella, sentía su presencia. Dios se había fijado en su humildad y cuidaba de ella. Estaba arropada por la fuerza de Dios. No podía temer a nada ni a nadie. María conocía el corazón de Dios, sabía de su infinita misericordia. Por eso, lo alababa y adoraba. Vivía de Dios, con Dios y para Dios.

Concibió y dio a luz a su hijo, «el Hijo del Altísimo» a quien puso por nombre Jesús, Salvador de cada pueblo y de todos aquellos que creen en él. En su vientre había llevado a Jesús y facilitó que estuviera en su corazón durante toda su vida.

María fue una mujer sencilla. Se ubicó entre los socialmente considerados inferiores, entre los que no tienen ni voz ni voto. Todos los necesitados tenían cabida en su corazón. Sin demora ni tardanza se puso en camino para atender a su pariente Isabel, para llevarle al Dios de la vida, para asistirla y ayudarla.

María tiene muchos títulos. Entre todos ellos, todos hermosos y grandes, sobresale el de ser Madre de Cristo y Madre nuestra. María es Madre de la Iglesia. Como dice Pablo, sufre por ella dolores de parto hasta ver a Cristo formado en cada uno de los creyentes. Ella cuida de sus hijos, como buena madre, durante la vida y en la hora de la muerte. Ella ayuda a caminar con Jesús y a esperar hasta el final.

María estuvo junto a su hijo en todos los momentos de su vida. En las alegrías y, sobre todo, en el momento de la cruz. Lo acompañó hasta la tragedia final del Calvario. Ella, la Dolorosa, también está cercana a nuestras penas y sufrimientos cotidianos. Los pobres, los enfermos, los que sufren, alcanzan de María la fuerza y ayuda para sobrellevar con fe una vida plagada de dificultades.

La historia y la leyenda nos han mostrado a la Virgen del Escapulario siempre cercana a todos aquellos que, viviendo momentos difíciles y amargos, han acudido a ella pidiendo su protección.

Llevar el Escapulario de la Virgen del Carmen es ponerse, como ella, un vestido nuevo, el ropaje de la fe, de la alegría…

Sí, hemos sido revestidos de Cristo y, como María, debemos permanecer fieles a Dios hasta el final.

DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo B)

En el evangelio de hoy vemos cómo Jesús envía a los discípulos más cercanos a él, a los que había escogido en primer lugar, a una misión concreta: echar demonios, curar enfermos y predicar la conversión.

Yo creo que Jesús, como Hijo de Dios que era, no tenía ninguna necesidad de contar con estos pobres hombres, egoistas, traidores, torpes; y al preguntarme por qué lo hizo, sólo puedo pensar en que lo hizo por el gran amor que nos tiene, por eso deposita su confianza en estos discípulos, comparte con ellos su propia misión, les ayuda a relizar obras buenas; no los desprecia, al contrario, los hace dignos de ser sus enviados, haciéndolos al mismo tiempo, el signo más evidente de su voluntad.

La Iglesia todavía hoy sigue cumpliendo la misma misión que Jesús encargó entonces a sus discípulos, y lo hace con la certeza de que no está sola, de que el Padre la ha bendecido con dones espirituales y celestiales y de que por Jesucristo todos hemos sido perdonados porque ahora somos hijos de Dios, y para que seamos alabanza de su gloria, haciendo lo mismo que su Hijo nos mandó: conocer al Padre, amarnos los unos a los otros y predicar la venida del Reino, no tanto con la palabra, como con nuestras obras.

En este cometido contamos, además, con la ayuda y el ejemplo de María, Madre de Dios y madre nuestra, la primera contemplativa de la obra de Dios entre nosotros: «todo lo guardaba en su corazón»; la primera en la alabanza y en la misión: «Proclama mi alma la grandeza del Señor…»