DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo B)

Es muy ilustrativa para reconocer nuestra propia limitación e incomprensión de Cristo, esta actitud de los apóstoles.

Ya a estas alturas del evangelio de san Marcos habían oido a Jesús hablar de su propia muerte y resurrección;ya había visto muchos milagros realizados por Cristo; lo había visto transfigurado; había recibido, ellos mismos, poder para expulsar a los demonios; sin embargo, ahora, al volver a escuchar el anuncio de la muerte, entre ellos discuten quién es el más importante; sus oídos se habían cerrado a las palabras de Jesús, y sólo se oían a sí mismos.

¿Y nosotros? Cuántas veces hacemos lo mismo que los apóstoles, quizás de manera algo diferente pero, en esencia, lo mismo.

Hacemos muchas de las cosas de que las que se nos habla en las dos primeras lecturas: nos molesta que nos cambien los planes, que nos echen en cara nuestras debilidades, buscamos la ocasión para dejar al otro en evidencia y nos creemos mejores que los  demás.

¿Por qué?

Porque nos falta la sabiduría que viene de lo alto y no sabemos distinguir entre lo que es nuestro deseo y lo que es voluntad de Dios; porque no sabemos discernir qué es lo que se nos pide , y perdemos el camino, que no es otro que el del corazón caritativo como el de Jesús.

San Isaac de Siria describe este corazón de la siguiente manera:

«Qué es un corazón caritativo?

Uno que se inflama de amor por la Creación entera, por los hombres, los animales, los demonios, por todas las criaturas. El que tiene este corazón no podrá recordar o ver una criatura que sufre sin que sus ojos se llene de lágrimas por la compasión inmensa que se apodera de su corazón. Y el corazón se vuelve dulce, y ya no puede soportar  el ver o saber por otros, un sufrimiento de cualquiera, aunque sólo fuese una mínima pena infligida a una criatura.

Por esto el hombre no cesa de rogar por los enemigos de la Verdad, por los que hacen daño, para que sean conservados y purificados. Ruega, incluso, por las serpientes, movido por la piedad infinita que se despierta en el corazón de los que se asimilan a Dios.»

Que así suceda entre nosotros, que por nuestra oración descubramos la unidad que nos es propia, porque somos consustanciales, y para que dejemos de preocuparnos por quién es más importante, como hicieron los apóstoles.

 

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