DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo B)

San Gregorio Magno, papa y doctor de la Iglesia

Homilía: Fijémonos en lo que pide el ciego.

Homilías sobre el evangelio, n°2 ; PL 76, 1081.

Con razón la Escritura nos presenta a este ciego al borde del camino y pidiendo limosna, porque el que es la Verdad misma ha dicho: Yo soy el camino. Quien ignora el esplendor de la eterna luz, es ciego. Con todo, si ya cree en el Redentor, entonces ya está sentado a la vera del camino. Esto, sin embargo, no es suficiente. Si deja de orar para recibir la fe y abandona las imploraciones, es un ciego sentado a la vera del camino pero sin pedir limosna. Solamente si cree y, convencido de la tiniebla que le oscurece el corazón, pide ser iluminado, entonces será como el ciego que estaba sentado en la vera del camino pidiendo limosna. Quienquiera que reconozca las tinieblas de su ceguera, quienquiera que comprenda lo que es esta luz de la eternidad que le falta, invoque desde lo más íntimo de su corazón, grite con todas las energías de su alma, diciendo: “Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí”.

Que todo hombre que sabe que las tinieblas hacen de él un ciego… grite desde el fondo de su ser: «Jesús, hijo de David, ten misericordia de mí» Pero escucha también lo que sigue a los gritos del ciego: «los que iban delante lo regañaban para que se callara» (Lc 18,39).

¿Quiénes son estos? Ellos están ahí para representar los deseos de nuestra condición humana en este mundo, los que nos arrastran a la confusión, los vicios del hombre y el temor, que, con el deseo de impedir nuestro encuentro con Jesús, perturban nuestras mentes mediante la siembra de la tentación y quieren acallar la voz de nuestro corazón en la oración.

¿Qué hizo entonces el ciego para recibir luz a pesar de los obstáculos? «Él gritó más fuerte: Hijo de David, ten compasión de mí!»… ciertamente, cuanto más nos agobie el desorden de nuestros deseos… más debemos insistir con nuestra oración… cuanto más nublada esté la voz de nuestro corazón, hay que insistir con más fuerza, hasta dominar el desorden de los pensamientos que nos invaden y llegar a oídos fieles del Señor. Creo, que cada uno se reconocerá en esta imagen: en el momento en que nos esforzamos por desviarlos de nuestro corazón y dirigirlos a Dios… suelen ser tan inoportunos y nos hacen tanta fuerza que debemos combatirlos. Pero insistiendo vigorosamente en la oración, haremos que Jesús se pare al pasar. Como dice el Evangelio: “Jesús se detuvo y mandó que se lo trajeran” (v. 40).

Observemos lo que el Señor dijo al ciego que se le acercó: «¿qué quieres que haga por ti?» El que tiene el poder de devolver la vista, ¿ignoraba lo que quería el ciego? Evidentemente, no. Pero Él desea que le pidamos las cosas, aunque Él lo sepa de antemano y nos lo vaya a conceder. Nos exhorta a pedir, incluso hasta ser molestos, el que afirma: “vuestro Padre celestial sabe lo que os hace falta, antes de que lo pidáis» (Mt 6,8). Si pregunta, es para que se le pida; si pregunta, es para impulsar nuestro corazón a la oración…

Lo que pide el ciego al Señor, no es oro, sino luz. No le preocupa solicitar otra cosa más que luz… Imitemos a este hombre, hermanos muy queridos. No pidamos al Señor ni riquezas engañosas, ni obsequios de la tierra, ni honores pasajeros, sino luz: No la luz circunscrita por el espacio, limitada por el tiempo, interrumpida por la noche, con la que compartimos la vista con los animales, pidamos esta luz que sólo los ángeles ven como nosotros,que no tiene principio y ni fin. Sin embargo, el camino para llegar a esta luz, es la fe. Por tanto, con razón el Señor responde inmediatamente al ciego que va a recobrar la luz: «¡Levántate! Tu fe te ha salvado».

Si, pues, hermanos carísimos, ya conocemos la ceguera de nuestro peregrinar; si, con la fe en el misterio de nuestro Redentor, ya estamos sentados en la vera del camino; si, con una oración continua, ya pedimos la luz a nuestro creador; si, además de eso, después de la ceguera, por el don de la fe que penetra la inteligencia, fuimos iluminados, esforcémonos por seguir con las obras a aquel Jesús que conocemos con la inteligencia. Observemos hacia donde el Señor se dirige e, imitándolo, sigamos sus pasos. En efecto, sólo sigue a Jesús quien lo imita”.

DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo B)

LECTURA ORANTE DEL EVANGELIO:

Marcos 10, 2-16 

“Ya toda me entregué y di, y de tal suerte he trocado, que mi Amado es para mí y yo soy para mi Amado” (Poesía de Teresa de Jesús).

Se acercaron unos fariseos y le preguntaron a Jesús, para ponerlo a prueba: ¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?

Van a Jesús con un problema real, aunque sea para ponerlo a prueba. El problema también es de hoy. La vieja mentalidad ha endurecido el corazón y ha hecho olvidar los caminos de la vida. ¿Es lícito romper la comunión? ¿Se puede perder el amor? ¿Tiene justificación alguna seguir con el dominio del varón sobre la mujer, de los poderosos y grandes sobre los débiles y pequeños? ¿Qué dice Jesús, tan cercano al pueblo, tan fiel a la voluntad de Dios, tan libre? “¿Qué queréis, Señor, que haga? De muchas maneras os enseñará allí con qué le agradéis” (Santa Teresa, 7M 3,9).

Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne.

Jesús va a las raíces de Dios, fuente de todo amor. No habla de divorcio, hablade amor. Dios nos ha creado para ser felices en un proyecto de comunión de vida y amor. En el darse uno al otro está la plenitud. El verdadero enemigo del matrimonio es el egoísmo. El matrimonio es un sacramento, es un signo del amor que es Dios. El matrimonio es una escuela de amor, pero es también la prueba de fuego para aquilatarlo. Ninguna otra relación llega a tal grado de profundidad. Desde Dios es posible vivir el matrimonio como amor, libre y gratuito, sin imposiciones ni dominios falsos. Porque solo hay amor entre personas libres e iguales, donde se despliega la capacidad de darse. Jesús, con estas palabras, defiende al pobre, a la mujer repudiada y ninguneada. La vivencia del amor es tan bella, que justifica que el varón y la mujer abandonen el yo (padre y madre) y se pongan a vivir desde el ‘nosotros’ creando una historia de amor juntos. “Ya era tiempo de que sus cosas tomase ella por suyas, y él tendría cuidado de las suyas” (Santa Teresa, 7M 2,1).

Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.

Con Jesús llega la novedad. El amor es una teofanía, es una relación mística con Dios. El matrimonio es indisoluble cuando se da un mutuo y auténtico amor. El amor que se termina indica que no ha sido auténtico. Nuestros pecados contra el amor no empañan la belleza del plan de Dios. Hay un primer amor, el de Dios, en el que se cimientan todos los demás amores. El bien de los seres humanos está en la comunión, en el intercambio de dones, en la solidaridad más honda y real. La comunión de vida y amor cura la soledad, afronta la pobreza, ofrece respuestas creativas a la destrucción del ser humano. El matrimonio es un espacio de Dios, una parábola de comunión en un mundo roto, un lugar de bendición de Dios para la humanidad, es la poesía humana en la que se dice el amor de Dios. En todo amor verdadero se dice Dios y siempre tienen sitio los pequeños. “Pareceros ha que estos tales no quieren a nadie, ni saben, sino a Dios. Mucho más, y con más verdadero amor, y con más pasión y más provechoso amor: en fin, es amor. Y estas tales almas son siempre aficionadas a dar mucho más que no a recibir; aun con el mismo Criador les acaece esto. Digo que merece este nombre de amor, que esotras aficiones bajas le tienen usurpado el nombre” (C 6,7). “Todos los demás amores (dependen) de este amor” (Santa Teresa, V 40,4).