DOMINGO V DE CUARESMA (Ciclo C)

Juan Pablo II

Audiencia General (09-08-2000): El encuentro con Jesús es una regeneración

« Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más.» (Jn 8,11)
nn. 3-6

3. Cuando Cristo se cruza en la vida de una persona, sacude su conciencia y lee en su corazón, como sucede con la samaritana, a la que dice «todo cuanto ha hecho» (cf. Jn 4, 29). Sobre todo suscita el arrepentimiento y el amor, como en el caso de Zaqueo, que da la mitad de sus bienes a los pobres y devuelve el cuádruplo de lo que había defraudado (cf. Lc 19, 8). Así acontece también a la pecadora arrepentida, a la que se le perdonan los pecados «porque ha amado mucho» (Lc 7, 47) y a la adúltera, a la que no juzga sino exhorta a llevar una nueva vida alejada del pecado (cf. Jn 8, 11). El encuentro con Jesús es como una regeneración:  da origen a la nueva criatura, capaz de un verdadero culto, que consiste en adorar al Padre «en espíritu y en verdad» (Jn 4, 23-24).

4. […] Cristo vino para buscar, encontrar y salvar al hombre entero. Como condición para la salvación, Jesús exige la fe, con la que el hombre se abandona plenamente a Dios, que actúa en él. En efecto, a la hemorroísa que, como última esperanza, había tocado la orla de su manto, Jesucristo le dice:  «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad» (Mc 5, 34).

Ahora Cristo sigue caminando a nuestro lado por los senderos de la historia, cumpliendo su promesa:  «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). Está presente a través de su Palabra, «Palabra que llama, que invita, que interpela personalmente, como sucedió en el caso de los Apóstoles. Cuando la Palabra toca a una persona, nace la obediencia, es decir, la escucha que cambia la vida. Cada día (el fiel) se alimenta del pan de la Palabra. Privado de él, está como muerto, y ya no tiene nada que comunicar a sus hermanos, porque la Palabra es Cristo» (Orientale lumen, 10).

Cristo está presente, además, en la Eucaristía, fuente de amor, de unidad y de salvación. Resuenan constantemente en nuestras iglesias las palabras que él pronunció un día en la sinagoga de la localidad de Cafarnaúm, junto al lago de Tiberíades. Son palabras de esperanza y de vida:  «El que come mi carne y bebe mi  sangre, permanece  en mí, y yo en él» (Jn 6, 56). «El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo  lo  resucitaré  el  último día» (Jn 6, 54).

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: