VIERNES SANTO DE LA PASIÓN DEL SEÑOR

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Divisé, apoyado contra un muro, replegado sobre sí mismo, a un hombre que tenía la cabeza escondida entre los brazos. A primera vista, creí que se trataba de un borracho dormido. Pero por el estremecimiento convulso de sus hombros, comprendí que estaba llorando… Me incliné hacia él y le puse mi mano en el hombro, llamándole por su nombre: «¡Pedro!». No sé por qué me dirigí a él con el nombre que le había dado el Maestro.

El hombre se volvió con un estremecimiento: «¡Ah! ¿Eres tú, Rabí?». Su rostro estaba bañado de lágrimas. «¡No me llames así! No soy digno de este nombre. No soy piedra, soy tierra, ce- niza, polvo del camino. ¿Sabes lo que he hecho?», preguntó entre sollozos mientras aferraba un borde de mi simlah, como para retenerme por miedo a que me fuera de allí dejando de escucharle. «¡Yo… yo le he negado! He dicho .que no le cono cía…, que no sabía quién era…, que nunca le había visto».

«¿Dónde ha pasado todo eso?», le pregunté. «En la corte del sumo sacerdote», dijo entre gemidos. Me acordé entonces de la gigantesca figura que había chocado conmigo al huir del pala- cio de Caifás. Me sorprendí de que se hubiera atrevido a acer- carse precisamente a ese lugar, e intenté consolarle. «No llores», le dije, cogiéndole más fuerte el brazo. «Son cosas que pasan… El hombre es…». Pero ninguna palabra podía consolarle. Prosi- guió entre lágrimas, balbuciendo y golpeándose el pecho con el puño: «¡Le he traicionado! ¡Le he negado!… A él, que tanto amaba a todos. Yo también creía amarle… ¡Estaba tan seguro de mí! Incluso me indigné con Judas, que le había entregado al… Ahora soy peor, soy mucho peor que él».

Pobre Simón. Le ha negado, pero no duda. Es verdad, pensaba yo: Jesús amaba mucho a todos. Aunque tuviera que soportar por una sola persona, incluso si fuera sólo por mí, todo lo que está sufriendo ahora, lo haría sin pensarlo dos veces. Si- món siente esto, aunque no llega a comprenderlo. ¿Y yo? Yo no le he negado, pero tal vez sea porque no me han hecho ningu- na de las preguntas que le han hecho a Simón. El destino, o sólo la casualidad ha dispuesto que yo no fuera sometido a severas amenazas. Tal vez seré expulsado del sanedrín o del gran con- sejo, y éste será el único procedimiento que podrán emprender contra mí. Tal vez por eso no he negado yo al Maestro, pero yo dudo de él. Simón le ha negado, es cierto, pero cree en él (J.

Dobraczynsky, Lettere di Nicodemo. La vita di Gesú, Brescia 1994, pp. 310ss) [edición española: Cartas de Nicodemo, Edi- torial Herder, Barcelona 1993]).

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