DOMINGO V DE PASCUA (Ciclo C)

Francisco J. Jiménez, profesor del Instituto Superior de Ciencias Religiosas «San Pablo» 
Un estilo de vida

Dice Jesús «el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago». Al final, lo que creemos y lo que somos se traduce en nuestras acciones, en nuestra vida diaria. Creer en Jesús no es una cuestión meramente intelectual. Se trata de un encuentro personal y comunitario que me transforma, que da vida y sentido a la propia existencia. Es un encuentro que me hace ser más pleno y feliz. Y ese encuentro, si es auténtico, debe orientar mi vida, con mis incoherencias y limitaciones. Por eso, no hay encuentro con Jesús si oprimo al que tengo al lado, si me aprovecho del más débil, si busco mi propio interés a costa de
los demás… (y esto se puede traducir en muchas situaciones, algunas muy grandes, como el drama de la inmigración y nuestra forma de abordarlo como país occidental, pero también se concreta en situaciones más cercanas: la relación con quienes me rodean, mantener a una persona trabajando
sin darla de alta en la seguridad social o cotizando menos horas de las que trabaja, etc.).

Pero creo que no es algo tan simple, no se trata solo de lo que hago, de lo que se ve, sino de cómo lo hago y por qué lo hago. Jesús es el camino, la verdad y la vida, Jesús nos muestra que creer en Él es tratar de vivir como Él, y nos propone un estilo, una forma de hacer las cosas. Nuestras buenas acciones en ocasiones están orientadas por nuestro afán de protagonismo, de poder o de prestigio, olvidando que el amor al prójimo, la sencillez, la humildad, el poner en el centro a cada persona, haciendo de cada encuentro un momento único, son senderos que nos conducen al Padre.

DOMINGO IV DE PASCUA (Ciclo C)

Juan Pablo II

Homilía (03-05-1998): Da la vida constantemente

«Yo les doy la vida eterna» (Jn 10,28)
Santa Misa con Ordenaciones Sacerdotales, n. 1

¡El buen pastor! Esta figura bíblica nace de la observación y la experiencia. Durante mucho tiempo, Israel fue un pueblo de pastores, y los textos del Antiguo Testamento confirman la tradición de la época de los patriarcas y de las generaciones sucesivas. El pastor, que cuida atentamente el rebaño y lo conduce a fértiles praderas, se ha convertido en la imagen del hombre que guía y está al frente de una nación, siempre solícito de lo que le atañe. Así se representa al pastor de Israel en el Antiguo Testamento.

En su predicación, Jesús recurre a esa imagen, pero introduce un elemento del todo nuevo: pastor es el que da la vida por sus ovejas (cf. Jn 10, 11-18). Atribuye esta característica al pastor bueno, distinguiéndolo de quien, por el contrario, es un asalariado y, por tanto, no se preocupa por su rebaño. Más aún, se presenta a sí mismo como el prototipo del buen pastor, capaz de dar la vida por su rebaño. El Padre lo mandó al mundo no sólo para que fuera el pastor de Israel, sino también de la humanidad entera.

De modo especial en la Eucaristía se hace presente sacramentalmente la obra del buen Pastor, que, después de haber predicado la «buena nueva» del Reino, ofreció en sacrificio su vida por las ovejas. En efecto, la Eucaristía es el sacramento de la muerte y resurrección del Señor, de su supremo acto redentor. Es el sacramento en el que el buen Pastor hace presente constantemente su amor oblativo por todos los hombres.