DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo C)

Lectura orante del Evangelio: Lucas 10, 38-42

“La oración, ante un problema, una situación difícil, una calamidad, es abrir la puerta al Señor para que venga. Porque Él hace nuevas las cosas, sabe arreglar las cosas, ponerlas en su sitio” (Papa Francisco).

Entró Jesús en una aldea y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa.

Orar es acoger a Jesús en la propia casa. Cuando recibimos a Jesús, todo lo vemos de otra manera, porque él nos regala su mirada. Como fruto de nuestra hospitalidad, Jesús nos comparte su proyecto del Reino. ¡Qué alegría celebrar hoy esta acogida de Marta!, continuada por tantas mujeres, protagonistas de historias de hospitalidad, de compasión y ternura, hacia aquellos con los que Jesús se identifica. Quien abre la puerta a un pobre, se la abre a Jesús. Ignorar el sufrimiento de los hombres, es ignorar a Jesús. Jesús, cuando nos visitas, se llena de alegría nuestro corazón.    

Tenía una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra.

El Reino de Jesús es para gente atrevida, exploradora de caminos nuevos. Una mujer, María, sentada a los pies de Jesús quiere ser su discípula. Ante la posibilidad de disfrutar de la mirada de Jesús, todo se le hace poco. Su pretensión: dejarse enamorar por los delicados acentos de la palabra, siempre nueva, del Amigo. De ella aprendemos a escuchar sin nada, en total transparencia, en la pobreza del callado amor, fascinados por Jesús: la única riqueza necesaria. Cuando encontramos al Amor de nuestra vida, ya no queremos soltarlo. ‘Gocémonos, Amado, y vámonos a ver en tu hermosura… do mana el agua pura. Entremos más adentro en la espesura’. Te miramos, Señor, te escuchamos. Enamóranos.  

‘Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano’. 

La libertad de la mujer que se ha atrevido con novedades insólitas (ser discípula, ejercer ministerios en las comunidades, ser testigo…)  molesta. Molesta a otra mujer, que se queja a Jesús porque su hermana no está en el sitio que le corresponde. A los ojos  de la hermana lo que hacía María era perder el tiempo. Pero Jesús es mal interlocutor en esta causa; es él mismo quien dibuja una dignidad en las entrañas de la mujer, que nadie deberá arrebatar. El servicio es importante, pero no lo es todo. El amor sí lo es todo. Espíritu Santo, enséñanos a escuchar la palabra de Jesús y a ayudar a los necesitados. 

‘Marta, Marta: andas inquieta y nerviosa con tantas cosas: solo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán’. 

Escuchar a Jesús es la actitud más importante para los discípulos y discípulas. A quien escucha le crece el misterio de Dios por dentro, requisito para testimoniarlo en la vida y anunciarlo a los demás. Los testigos se forjan en la escucha prolongada. La agitación distorsiona todo. La contemplación es el corazón del compromiso. En el Reino no tiene cabida ninguna marginación. Es hora de armonizar en nuestras vidas, sin miedo, la novedad de Jesús: buscador de la Palabra en las madrugadas y servidor hasta darlo todo durante el día. Gracias, Jesús. Te alabamos con todo nuestro ser.

¡FELIZ DOMINGO CON LOS ECOS DE LA FIESTA DEL CARMEN!

DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo C)

Lectura orante del Evangelio: Lucas 10,25-37

“Ignorar el sufrimiento del hombre significa ignorar a Dios” (Papa Francisco).

‘¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?

Nos ponemos al aire del Espíritu; Él nos enseña a personalizar la Palabra que da vida en abundancia. Hacemos nuestras las preguntas del escriba: ‘¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?’ y ‘¿cuál es mi prójimo?’ Nos abrimos a Jesús sin miedos paralizantes, dispuestos a escuchar su respuesta aunque nos descoloque. Le preguntamos también a la Virgen del Carmen. Oramos. María, vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos para que en ellos veamos a Jesús. 

‘Amarás al Señor con todo tu corazón y al prójimo como a ti mismo’.

La respuesta de Jesús a nuestras preguntas viene al momento. La vida plena está, no solo en conocer el amor, sino, sobre todo, en saber amar. Solo el amor es digno de fe. El amor es la verdad más honda, la que Dios, al mirarnos, ha dejado dibujada en nuestro corazón. Amar es lo más nuestro, nuestra verdad más verdadera, el examen que nos harán a la tarde de la vida. Y lo que Dios ha unido: amar a Dios en el corazón del prójimo y amar al prójimo con el corazón de Dios, que no lo separe nuestro yo egoísta. María, recrea en nuestro corazón la fuente del amor. 

‘Un hombre… cayó en manos de unos bandidos… dejándolo medio muerto’. 

Jesús va más allá de las teorías que llevan a discusiones inútiles; nos saca a la calle, donde están las víctimas: hombres y mujeres ninguneados. Descentra la mirada del yo y nos invita a mirar a los heridos del camino. Detener nuestra mirada en ellos es mirar a Jesús. Mirar compasivamente a los que sufren, eso es creer, eso es orar. Siempre habrá cerca algún apaleado, que nos descubrirá la verdad o mentira de nuestra fe; no hay mejor crisol para probarnos. María, enséñanos a mirar a los que sufren.   

‘Un sacerdote bajaba por aquel camino, dio un rodeo y pasó de largo’. 

Nunca es verdadera una vida si se vive en paralelo con una oración que no toca las heridas ni cura las dolencias. Pasar de largo ante un herido es pasar de largo ante Dios y ante la propia dignidad. No existe un verdadero culto si ello no se traduce en servicio al prójimo. Sin prójimo, no hay Dios que valga. María, despierta nuestra compasión hacia los que sufren. 

‘Pero un samaritano al verlo se le acercó y lo cuidó’. 

Se mueven las entrañas ante el sufrimiento del otro. El amor cristiano es un amor comprometido que se hace concreto en la vida. En los gestos concretos de misericordia del buen samaritano reconocemos el modo de actuar de Jesús, que se ha revelado en la historia por medio de acciones marcadas por la compasión. Él no ignora nuestros dolores y sabe cuánto necesitamos de su ayuda y de su consuelo, se hace cercano y no nos abandona nunca. Jesús nos provoca: el rostro misericordioso de Dios lo manifiesta el que es peor visto; el corazón compasivo ve mejor que la doctrina; la misericordia está por encima del culto; los samaritanos compasivos son la esperanza de la humanidad. María, Madre de misericordia, cúranos para poder curar.     

‘Anda y haz tú lo mismo’. 

O ‘haced lo que Él os diga’, que es la propuesta de María, la Madre del Carmelo. No pasar de largo en este día, ir por la vida con el corazón abierto. Seremos prójimos de los que sufren si en nuestro corazón hay compasión, capacidad de sufrir con el otro. Sin compasión, el amor no existe. «Nunca dejemos que alguien se acerque a nosotros y no se vaya mejor y más feliz” (Teresa de Calcuta).María, sintoniza nuestro corazón con el tuyo, para ir por la vida haciendo lo mismo que Jesús, el buen samaritano.  

¡FELIZ DOMINGO Y FELIZ DÍA DEL CARMEN!