DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo C)

San Juan Crisóstomo

«La vida presente es muy semejante a una comedia en la que uno hace el papel de emperador; otro, de general de ejército; otro, de soldado; otro de juez; y así los demás estados. Y cuando llega la noche y se acaba la comedia, el que representaba al emperador ya no es reconocido por emperador; el que hacía de juez, ya no es juez; y el capitán, ya no  es capitán; lo mismo sucede en el día que dura esta vida, al fin de la cual cada uno de nosotros será tratado, no según el papel que representa, sino según las acciones que haya ejecutado» (Paranesis 3).

SEMANA XXV DEL TIEMPO ORDINARIO. (Ciclo C)

Lectura orante del Evangelio: Lucas 16, 1-13

La humanidad aún posee la capacidad de colaborar para construir nuestra casa común” (Laudato Sii 13, papa Francisco).

Le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes. 

Cuando a los pobres les llegan noticias de corrupción y derroche les brotan las lágrimas; cuando a los pobres les llega el pan compartido y la verdad de las cuentas que son de todos, se les alegra el corazón. Hay personas tan hambrientas que para ellos Dios no puede tener más forma que la del pan nuestro. ¿Qué hacemos con los bienes que hemos recibido? ¿Cómo estamos cuidando la creación? ‘Nunca hemos maltratado y lastimado nuestra casa común como en los últimos dos siglos’ (Laudato Sii, 53). Jesús y los pobres nos piden transparencia. La transparencia nos lleva a la autenticidad, la autenticidad a la solidaridad. Sana, Señor, nuestras vidas, para que seamos protectores, y no destructores de la creación.

‘¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me quita el empleo?’

El ‘qué voy a hacer ahora’ de la parábola se traduce en esta súplica: ¿Qué quieres, Señor, que haga? O también: ¿Qué necesitan los pobres que yo haga? ‘¿Qué tipo de mundo queremos dejar a quienes nos sucedan, a los niños que están creciendo? ¿Para qué pasamos por este mundo?, ¿para qué nos necesita esta tierra?’ (Laudato Sii, 160). Esta reflexión orante, hecha a la luz del Espíritu Santo, nos da la posibilidad de comenzar una vida más evangélica, de apostar por otro estilo de vida. Es la hora de la imaginación y creatividad que nos regala el Espíritu. No todo da lo mismo. Jesús, tú que pasaste haciendo el bien, aliéntanos en nuestra tarea diaria por la justicia, el amor y la paz.

El amo felicitó al administrador injusto por la astucia con que había procedido. 

Hay motivos para la alegría. ‘El ser humano es todavía capaz de intervenir positivamente… no todo está perdido, porque los seres humanos, capaces de degradarse hasta el extremo, pueden también superarse, volver a elegir el bien y regenerarse… La humanidad tiene aún la capacidad de colaborar para construir nuestra casa común’ (Laudato Sii, 13). Jesús felicita a quienes comienzan caminos nuevos, invirtiendo los dones de forma inteligente, mirando al futuro de los más pobres. Espíritu Santo, que acompañas el gemido de la creación, tú vives en nuestros corazones para impulsarnos al bien. Alabado seas.

Haceos amigos con el injusto dinero. 

Esta propuesta de Jesús es fascinante: En vez de acumular bienes para el ego, podemos hacer amigos compartiendo con los pobres los bienes recibidos de Dios. Si idolatrar al dios dinero es una falsedad porque quita la alegría a los más pobres, compartir el dinero puede ser una experiencia de solidaridad universal, de cielo aquí en la tierra. La experiencia de Dios nos empuja a crecer en experiencia de humanidad, a ‘sentir que nos necesitamos unos a otros, que tenemos una responsabilidad por los demás y por el mundo, que vale la pena ser buenos y honestos’ (Laudato Sii, 229). Dios de amor, muéstranos nuestro lugar en este mundo como instrumentos de tu cariño por todos los seres de la tierra. 

DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo C)

Hans Urs von Balthasar                                Luz de la Palabra

Comentarios a las lecturas dominicales (A, B y C). Encuentro, Madrid, 1994
pp. 281 s

1. «El que no renuncia a todos sus bienes… ».

Esto es lo que Jesús exige en el evangelio cuando alguien quiere ser discípulo suyo. Bienes en este contexto son también las relaciones con los demás hombres, incluidos los parientes y la propia familia. Y Jesús utiliza la palabra «odiar», un término ciertamente duro que adquiere toda su significación allí donde algún semejante impide la relación inmediata del discípulo con el maestro o la pone en cuestión. Jesús exige, por ser el representante de Dios Padre en la tierra, aquel amor indiviso que la ley antigua reclamaba para Dios: «con todo el corazón, con todas las fuerzas». Nada puede competir con Dios, y Jesús es la visibilidad del Padre. El que ha renunciado a todo por Dios está más allá de todo cálculo. El hombre tiene que deliberar y calcular sólo mientras aspira a un compromiso. Si fija la mirada en este compromiso, no terminará su construcción, no ganará su guerra. Jesús plantea esta escandalosa exigencia a una gran multitud de gente que le sigue externamente: ¿pero quién en esta gran masa está dispuesto a cargar con su cruz detrás de Jesús? (Los romanos habían crucificado a miles de judíos revoltosos, todo el mundo podía entender lo que significaba la cruz: disponibilidad para una muerte ignominiosa en la desnudez más completa). Jesús había renunciado a todo: a sus parientes, a su madre; no tiene dónde reclinar la cabeza. El mismo tendrá que «llevar a cuestas su cruz» (Jn 19,17). Sólo el que lo ha dejado todo puede -en la misión recibida de Dios- recibirlo, «con persecuciones» (Mc 10,30).

2. «Me harás este favor con toda libertad».

En la segunda lectura Pablo intenta educar a su hermano Filemón en este desprendimiento, en esta renuncia a todo lo propio, un desasimiento que no sólo es compatible con el amor puro, sino que coincide con él. Cuando le remite al esclavo fugitivo, Pablo hace saber a Filemón que le hubiera gustado retenerlo a su servicio, pero que deja que sea él, Filemón, el que tome la decisión; le desliga de su propiedad (el esclavo pertenecía a Filemón), pero también de todo cálculo (pues no gana nada si se lo devuelve a Pablo). E incluso le expropia aún más profundamente, al enviar a Onésimo no como esclavo sino como hermano querido, pues en eso es en lo que se ha convertido para Pablo; por eso «cuánto más ha de quererlo» Filemón, y esto tanto «como hombre» (pues el esclavo se ha convertido para Filemón mediante el amor de Pablo en un semejante, en un hermano) como «según el Señor», que es el desasimiento por excelencia, superior a todo deseo de poseer.

3. «Se salvarán con la sabiduría».

El mandamiento de Jesús sobre la perfecta expropiación -con vistas a la pura disponibilidad para Dios- no es algo que pueda conseguir el hombre con su esfuerzo, es una sabiduría (en la primera lectura) que viene dada de lo alto. El que piensa con categorías puramente intramundanas, tiene que preocuparse de muchas cosas, porque las cosas terrenales son muy precarias; y esta preocupación le impide divisar el panorama de la despreocupación celeste. Su obligación de calcular no le permite hacerse una idea de los «planes de Dios», que se fundamentan siempre en la entrega generosa y no en cálculos o razonamientos. Sólo «la sabiduría» puede «salvar» al hombre de esta preocupación que le impide toda visión de las cosas del cielo.