DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo C)

Hans Urs von Balthasar                                Luz de la Palabra

Comentarios a las lecturas dominicales (A, B y C). Encuentro, Madrid, 1994
pp. 281 s

1. «El que no renuncia a todos sus bienes… ».

Esto es lo que Jesús exige en el evangelio cuando alguien quiere ser discípulo suyo. Bienes en este contexto son también las relaciones con los demás hombres, incluidos los parientes y la propia familia. Y Jesús utiliza la palabra «odiar», un término ciertamente duro que adquiere toda su significación allí donde algún semejante impide la relación inmediata del discípulo con el maestro o la pone en cuestión. Jesús exige, por ser el representante de Dios Padre en la tierra, aquel amor indiviso que la ley antigua reclamaba para Dios: «con todo el corazón, con todas las fuerzas». Nada puede competir con Dios, y Jesús es la visibilidad del Padre. El que ha renunciado a todo por Dios está más allá de todo cálculo. El hombre tiene que deliberar y calcular sólo mientras aspira a un compromiso. Si fija la mirada en este compromiso, no terminará su construcción, no ganará su guerra. Jesús plantea esta escandalosa exigencia a una gran multitud de gente que le sigue externamente: ¿pero quién en esta gran masa está dispuesto a cargar con su cruz detrás de Jesús? (Los romanos habían crucificado a miles de judíos revoltosos, todo el mundo podía entender lo que significaba la cruz: disponibilidad para una muerte ignominiosa en la desnudez más completa). Jesús había renunciado a todo: a sus parientes, a su madre; no tiene dónde reclinar la cabeza. El mismo tendrá que «llevar a cuestas su cruz» (Jn 19,17). Sólo el que lo ha dejado todo puede -en la misión recibida de Dios- recibirlo, «con persecuciones» (Mc 10,30).

2. «Me harás este favor con toda libertad».

En la segunda lectura Pablo intenta educar a su hermano Filemón en este desprendimiento, en esta renuncia a todo lo propio, un desasimiento que no sólo es compatible con el amor puro, sino que coincide con él. Cuando le remite al esclavo fugitivo, Pablo hace saber a Filemón que le hubiera gustado retenerlo a su servicio, pero que deja que sea él, Filemón, el que tome la decisión; le desliga de su propiedad (el esclavo pertenecía a Filemón), pero también de todo cálculo (pues no gana nada si se lo devuelve a Pablo). E incluso le expropia aún más profundamente, al enviar a Onésimo no como esclavo sino como hermano querido, pues en eso es en lo que se ha convertido para Pablo; por eso «cuánto más ha de quererlo» Filemón, y esto tanto «como hombre» (pues el esclavo se ha convertido para Filemón mediante el amor de Pablo en un semejante, en un hermano) como «según el Señor», que es el desasimiento por excelencia, superior a todo deseo de poseer.

3. «Se salvarán con la sabiduría».

El mandamiento de Jesús sobre la perfecta expropiación -con vistas a la pura disponibilidad para Dios- no es algo que pueda conseguir el hombre con su esfuerzo, es una sabiduría (en la primera lectura) que viene dada de lo alto. El que piensa con categorías puramente intramundanas, tiene que preocuparse de muchas cosas, porque las cosas terrenales son muy precarias; y esta preocupación le impide divisar el panorama de la despreocupación celeste. Su obligación de calcular no le permite hacerse una idea de los «planes de Dios», que se fundamentan siempre en la entrega generosa y no en cálculos o razonamientos. Sólo «la sabiduría» puede «salvar» al hombre de esta preocupación que le impide toda visión de las cosas del cielo.

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