IV DOMINGO DE ADVIENTO (Ciclo A)

San Agustín

18. «La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo.» Allí no hubo cohabitación conyugal, porque en carne de pecado no podría haberse dado sin movimiento de concupiscencia, efecto del pecado, sin la cual quiso ser concebido el que había de estar sin pecado, tal vez para enseñarnos con esto que todo lo que nace de unión marital nace con pecado [1], puesto que sólo no tuvo pecado la Carne que nació de esa manera (de nuptiis et concupiscentia, 1,12).

Jesucristo nace además de una mujer intacta, porque no era adecuado que la virtud naciese por medio del deleite, la castidad por la vía de la lujuria, y la incorrupción por la corrupción. Y el que venía a destruir el antiguo imperio de la muerte habría de bajar del cielo de un modo distinto. Obtuvo, pues, el cetro de Reina de las vírgenes, la que engendró al Rey de la castidad. Por eso Nuestro Señor se procuró un seno virginal donde morar, para darnos a entender que sólo un cuerpo casto puede ser templo de Dios. Aquel que grabó su ley en tablas de piedra sin necesidad de punzón de hierro, ese mismo fecundó el seno de María por virtud del Espíritu Santo. Por eso dice el evangelista: «Se halló haber concebido en el vientre de Espíritu Santo» (in sermone 6 de Nativitate).

Nosotros no decimos, como impíamente opinan algunos, que el Espíritu Santo se presentó como semen, sino que obró con el poder y virtud de Creador (in sermonibus de Trinititate, serm. 191,3).

Ciertamente esta manera de nacer Cristo del Espíritu Santo, nos da a entender la gracia de Dios, en virtud de la cual el hombre, sin mérito alguno precedente en el principio mismo de su naturaleza en que empezó a existir, se unió al Verbo de Dios en unidad tal de persona, que ese mismo hombre es el Hijo de Dios. Mas habiendo la Trinidad toda -porque las obras de la Trinidad son indivisibles- obrado la formación de aquella creatura que la Virgen concibió y dio a luz, y que sólo la persona del Hijo asumió e hizo propia, ¿por qué se nombra únicamente al Espíritu Santo en la concepción de esa creatura? ¿Es acaso que cuando uno de los tres es nominalmente citado, se ha de entender que obra la Trinidad toda? (enchiridion, 40).

Cómo se verificó lo que aquí omite San Mateo, lo expuso San Lucas, después de narrar la concepción de Juan, de esta manera: «Y al sexto mes fue enviado el ángel». Y más adelante: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti», que es lo que mencionó San Mateo al decir: «Se halló haber concebido en el vientre de Espíritu Santo». No hay discordancia en que San Lucas exponga lo que San Mateo omite, ni que éste inserte después lo que omitió aquél, pues sigue: «Y José, su Esposo, como era justo», hasta el texto donde nos habla de los magos, «que se volvieron a su tierra por otro camino». Así que, si alguno quisiera formar la narración ordenada del nacimiento de Cristo, de todo lo que uno u otro de los dos evangelistas dice y omite, puede hacerlo así: empezando con las palabras de Mateo, «La generación de Cristo fue de esta manera», siguiendo con lo que refiere San Lucas desde donde dice: «Hubo en los días de Herodes», hasta donde dice: «Y María se detuvo con ella como tres meses, y se volvió a su casa», y terminando con el texto: «Se halló haber concebido, en el vientre, de Espíritu Santo» (de consensu evangelistarum, 2,5).

19. «Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto.» Conociendo José que María estaba encinta, se turba, porque la Esposa que había recibido del templo mismo del Señor y no conocía aún, la encuentra fecunda, y agitándose inquieto, discute y habla consigo mismo: «¿Qué haré? ¿La denuncio o callo? Si la descubro, no me hago cómplice de adulterio, pero incurro en crueldad, porque me consta que según la ley debe ser apedreada. Si callo, doy mi consentimiento a una acción mala, y participo con los adúlteros. Entonces si callar es malo y descubrir el adulterio es peor, la dejaré libre» (in sermone 14 de Nativitate).

O en otros términos: si a ti solo consta el pecado de otro contra ti, y quieres inculparle ante los hombres, no eres el hermano que corrige, eres su delator. Por eso el varón justo, José, perdonó a su Esposa, lleno de benignidad, el crimen que había sospechado de Ella. Revolvíase ciertamente en su ánimo sospecha indudable de adulterio, mas como a él solo constaba, no quiso difamarla, sino dejarla en secreto, prefiriendo al castigo del pecado el bien del pecador (de Verbo Domini, serm. 16).

20. «Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo.» Mas aunque José piensa en esto, no tema María, la hija de David, porque así como la palabra del profeta perdonó a David, el ángel del Salvador librará a María. Pues Gabriel, el padrino de bodas de la Virgen, vuelve a presentarse: «He aquí que el ángel del Señor apareció a José» (in sermone 14 de Nativitate).

¿Y por eso hemos de decir que el Espíritu Santo es padre del hombre Cristo, de manera que Dios Padre haya engendrado al Verbo y el Espíritu Santo al hombre? Este es un absurdo que ningún oído cristiano podría tolerar. ¿Cómo entonces decimos de Cristo «nacido del Espíritu Santo», si el Espíritu Santo no lo ha engendrado? ¿Es acaso porque le ha creado? En cuanto hombre, ha sido hecho, pues el apóstol dice: «Hecho del linaje de David según la carne» (Rom 1,3). Pero no porque Dios hizo este mundo puede decirse que el mundo es hijo de Dios, ni nacido de Dios, sino hecho, creado, fabricado. Entonces, si confesamos que ha nacido del Espíritu Santo y de la Virgen María, ¿cómo no es Hijo del Espíritu Santo y sí de la Virgen María? Porque nadie puede conceder que todo lo que nace de otra cosa deba llamarse hijo de ésta. Prescindiendo de que de diversa manera nace del hombre su hijo, que el cabello, el piojo o la lombriz -ninguno de los cuales puede llamarse hijo -, los hombres que nacen del agua y del espíritu nadie los llamará con propiedad hijos del agua, sino de Dios Padre y de la Iglesia Madre. Así, pues, nació del Espíritu Santo y es Hijo de Dios Padre, pero no del Espíritu Santo (enchiridion, 38).

22-23. «Todo esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del profeta: «Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido significa: ‘Dios con nosotros’».» El que con sólo su tacto podía volver a su primera integridad los miembros de los cuerpos en los otros, hechos pedazos, ¿con cuánta más razón al nacer no conservaría inalterable en su Madre lo que en Ella encontró íntegro? Su nacimiento, pues, aumentó más bien que disminuyó la integridad corporal, y lejos de hacer desaparecer la virginidad, la agrandó más y más (in sermonibus de Nativitate).

¿Quién, por loco que se le suponga, diría con los maniqueos que es propio de una fe débil no creer en Cristo sin algún testimonio, cuando el apóstol dice: «¿Cómo creerán a aquél que no oyeron? ¿Y cómo oirán sin predicador?» (Rom 10,14). Mas para que no se despreciase ni se tuviese por fábula lo que anunciaban los apóstoles, se ha hecho ver que lo sucedido estaba ya vaticinado por los profetas. Porque aunque los milagros atestiguaban la verdad de sus anuncios, no hubiera faltado quien atribuyese a poderes mágicos los milagros mismos, de no salir al encuentro el testimonio profético, convenciendo a su vez a los que así pensaran. Porque no creo que haya nadie que avance hasta la afirmación de que El se dio a sí mismo profetas que le anunciasen mucho antes de nacer. Si dijéramos además a un gentil: Cree en Cristo porque es Dios, y respondiera: ¿Por qué lo he de creer? E invocando la autoridad de los profetas, nos dijera que no lo admite, le demostraríamos que la fe en los profetas está justificada por la evidencia que tenemos de haber sucedido todo lo que ellos predijeron. Creo que se rendiría al hecho evidente del triunfo de la religión cristiana sobre las naciones y los reyes de la tierra, después de haber sufrido tantas persecuciones, todo lo cual habían desde mucho antes anunciado los profetas. Y oyendo las profecías y viendo que se han realizado en todas partes, le movería a creer tantos testimonios (contra Faustum, 12,45 y 13,7).

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