Domingo IV Cuaresma.

La parábola más sublime

1. «El padre se le echó al cuello y se puso a besarlo».

La parábola del hijo pródigo es quizá la más emotiva y sublime de todas las parábolas de Jesús en el evangelio. El destino y la esencia de los dos hijos sirve únicamente para revelar el corazón del padre. Nunca describió Jesús al Padre celeste de una manera más viva, clara e impresionante que aquí. Lo admirable comienza ya con el primer gesto del padre, que accede al ruego de su hijo menor y le da la parte de la herencia que le corresponde.

Para nosotros esta parte de la herencia divina es nuestra existencia, nuestra libertad, nuestra razón y nuestra libertad personal: bienes supremos que sólo Dios puede habernos dado. Que nosotros derrochemos toda esta fortuna y nos perdamos en la miseria, y que esta miseria nos haga recapacitar y entrar en razón, no es interesante en el fondo; lo que sí es realmente interesante es la actitud del padre, que ha esperado a su hijo y lo ve venir desde lejos, su compasión, su calurosa y desmesurada acogida del hijo perdido, al que manda poner el mejor traje después de cubrirlo de besos y antes celebrar un banquete en su honor. Ni siquiera tiene una palabra dura para el hermano terco y celoso: lo que le dice no es para apaciguarlo, sino la pura verdad: el que persevera al lado de Dios, disfruta de todo lo que Dios tiene: todo lo de Dios es también suyo. La glorificación del Padre por parte de Jesús tiene la particularidad de que él mismo no aparece en su descripción de la reconciliación de Dios con el hombre pecador. El no es aquí más que la palabra que narra la reconciliación o más bien un estar reconciliado desde siempre; que él es esta palabra mediante la que Dios opera esta su eterna reconciliación con el mundo, se silencia.

Hans Urs von Balthasar

Luz de la Palabra: Comentarios a las lecturas dominicales A-B-C, Ediciones Encuentro, Madrid, 1994, pp. 235s.

La Anunciación del Señor

Texto del Evangelio (Lc 1,26-38): Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin».

María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?». El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios». Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel dejándola se fue.

II Domingo de Cuaresma

La Transfiguración del Señor

«Este el mi Hijo, el amado, mi predilecto; escuchadle.»

Texto del Evangelio (Mc 9,2-10): «En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los lleva, a ellos solos, aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos, y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo. Se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús. Toma la palabra Pedro y dice a Jesús: «Rabbí, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» —pues no sabía qué responder ya que estaban atemorizados—.

Entonces se formó una nube que les cubrió con su sombra, y vino una voz desde la nube: «Éste es mi Hijo amado, escuchadle». Y de pronto, mirando en derredor, ya no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos. Y cuando bajaban del monte les ordenó que a nadie contasen lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos observaron esta recomendación, discutiendo entre sí qué era eso de «resucitar de entre los muertos».

Domingo I de Cuaresma

…»Jesucristo, nuestro Señor, se dejó tentar por el diablo. ¡Nada menos que Cristo tentado por el diablo! Pero en Cristo estabas siendo tentado tú, porque Cristo tenía de ti la carne, y de él procedía para ti la salvación; de ti procedía la muerte para él, y de él para ti la vida; de ti para él los ultrajes, y de él para ti los honores; en definitiva, de ti para él la tentación, y de él para ti la victoria.

Si hemos sido tentados en él, también en él vencemos al diablo. ¿Te fijas en que Cristo fue tentado, y no te fijas en que venció? Reconócete a ti mismo tentado en él, y reconócete también vencedor en él. Podía haber evitado al diablo; pero, si no hubiese sido tentado, no te habría aleccionado para la victoria cuando tú fueras tentado». (San Agustín).