DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo B)

En el evangelio de hoy vemos cómo Jesús envía a los discípulos más cercanos a él, a los que había escogido en primer lugar, a una misión concreta: echar demonios, curar enfermos y predicar la conversión.

Yo creo que Jesús, como Hijo de Dios que era, no tenía ninguna necesidad de contar con estos pobres hombres, egoistas, traidores, torpes; y al preguntarme por qué lo hizo, sólo puedo pensar en que lo hizo por el gran amor que nos tiene, por eso deposita su confianza en estos discípulos, comparte con ellos su propia misión, les ayuda a relizar obras buenas; no los desprecia, al contrario, los hace dignos de ser sus enviados, haciéndolos al mismo tiempo, el signo más evidente de su voluntad.

La Iglesia todavía hoy sigue cumpliendo la misma misión que Jesús encargó entonces a sus discípulos, y lo hace con la certeza de que no está sola, de que el Padre la ha bendecido con dones espirituales y celestiales y de que por Jesucristo todos hemos sido perdonados porque ahora somos hijos de Dios, y para que seamos alabanza de su gloria, haciendo lo mismo que su Hijo nos mandó: conocer al Padre, amarnos los unos a los otros y predicar la venida del Reino, no tanto con la palabra, como con nuestras obras.

En este cometido contamos, además, con la ayuda y el ejemplo de María, Madre de Dios y madre nuestra, la primera contemplativa de la obra de Dios entre nosotros: «todo lo guardaba en su corazón»; la primera en la alabanza y en la misión: «Proclama mi alma la grandeza del Señor…»

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